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El estudio sobre propuestas de intervención para la conciliación de horarios familiares, escolares y laborales.

Por Salvador Cardús,

El problema de la conciliación de la vida familiar, laboral y escolar ya hace cerca de veinte de años que preocupa y es atendido con estudios e iniciativas de política social, especialmente en los países más desarrollados. Uno puede encontrar, pues, una gran cantidad de estudios y experiencias de todo tipo de orientación sobre los diversos aspectos de los conflictos que se han ido creando alrededor de los desajustes organizativos de estos tres ámbitos.

Pero si algo es nuevo, es la visibilidad de un malestar antiguo que se ha ido agravando, la atención que comienzan a dedicar las administraciones públicas y la urgencia por actuar. Porque si es cierto que todavía hoy este malestar a menudo se oculta dentro de las paredes opacas de la vida privada y se sigue disimulando porque es vivido como un verdadero fracaso personal y familiar, cada vez más se expresa en conflictos colaterales o derivados de los primeros, cosa que es perceptible en los fallos educativos y convivenciales y se enmascara en una retórica paralizadora que impide que se encare de una manera eficaz.

Los principales ejes de los estudios sobre conciliación

El modelo de referencia a partir del cual se analizan los conflictos actuales es el modulado por la sociedad industrial posterior a la Segunda Guerra Mundial, basado en una estructura familiar nuclear clásica -matrimonio e hijos-; una actividad productiva predominantemente industrial con horarios y localización espacial rígida centrada en el hombre; una dedicación a las responsabilidades reproductivas y de atención y cuidado familiar atendidas por las mujeres y una escuela con horarios ajustados a la lógica industrial. No es que este modelo de organización no provocara en su tiempo sus propios conflictos, sobre todo si tenemos en cuenta que se tuvo que ir imponiendo a través de un proceso todavía no acabado de traspaso del campo a la cuidad y de grandes movimientos migratorios o con una lenta modernización de estilos de vida propios de la familia tradicional ampliada, entre otros factores. Pero lo que está claro es que este modelo acabó imponiendo un nuevo orden social que se vivió como un proceso positivo de modernización social.

Sin embargo, a partir de finales de los años sesenta y principios de los setenta, aproximadamente, se rompió aquel siempre relativo orden social debido a los cambios culturales introducidos por la sociedad de consumo, por la modernización de las pautas de comportamiento a favor de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, con la consiguiente incorporación de la mujer al mercado laboral - como, por otro lado, ya había sido normal en períodos anteriores- y por la misma crisis de la sociedad industrial, con el crecimiento del sector servicios y los notables avances tecnológicos que cambiaban desde las formas de producción hasta las de relación interpersonal. Desde entonces, las tensiones entre familia, trabajo y organización escolar han ido creciendo a ritmos diferentes según el grado de desarrollo económico y del Estado del Bienestar de cada país; según los sectores industriales predominantes en la zona; según el crecimiento de los servicios públicos y privados; según el nivel socioeconómico y educativo de los diversos grupos sociales y según las expectativas subjetivas de los ciudadanos en relación a las satisfacciones que esperan de sus formas de vida.

Los trabajos analizados muestran tres tipos de acentos: las desigualdades de género, el combate del paro, y las políticas públicas de protección a la infancia y a la familia, a menudo de intencionalidad natalista.

La crítica sobre las desigualdades de género, ciertamente los cambios que se han producido en el último cuarto del siglo XX, han puesto al descubierto una flagrante desigualdad entre hombres y mujeres en lo que se refiere al acceso al mundo laboral como a la asunción de las responsabilidades domésticas y familiares, especialmente el cuidados de los niños. Y las nuevas tensiones entre familia, trabajo y escuela no han hecho más que poner en evidencia y endurecer esta desigualdad que, por otro lado, se presenta como una de las más difíciles de vencer. Cabe decir que, precisamente, una de las principales dificultades en la posible introducción de cambios en los horarios familiares, encuentra el primer gran obstáculo en estas resistencias culturales de fondo. Pero también es cierto que, vistas las resistencias al cambio a pesar de las continuas apelaciones que se hacen a la conciencia de los individuos, posiblemente sólo un cambio en los horarios -que están en el mismo centro de la desigualdad- pueda conseguir la transformación deseada. Así también lo han entendido las políticas municipales, especialmente en Italia, a pesar de que su acción ha estado sobre todo dirigida a los horarios de los servicios públicos que podían aligerar las cargas familiares de las mujeres, pero sin entrar propiamente en los horarios domésticos.

En otras ocasiones, las políticas públicas han incidido en la flexibilización de los horarios laborales, la contratación a tiempo parcial o las ayudas económicas y los permisos de paternidad y maternidad. Pero, paradójicamente, a menudo han acabado siendo políticas que han tenido efectos contrarios a los buscados, en el sentido de que se han convertido en “políticas para mujeres”, que han favorecido una menor implicación en su carrera profesional y que, en consecuencia, han frenado los procesos igualadores.

En lo que respecta a la perspectiva que ha puesto al paro y a la conservación de los puestos de trabajo como objetivo principal del combate, también ha tenido que entrar a fondo en la cuestión de los horarios laborales. Las negociaciones sindicales en Europa durante las crisis de mediados de los años setenta y ochenta y todavía de principios de los noventa, iban encaminadas a preservar la ocupación a base de reducir el número de horas trabajadas y de reducir las prácticas que permiten añadir horas extra por trabajador. Afortunadamente, el crecimiento económico continuado de los últimos años ha permitido superar aquel enfoque reducido del problema y, últimamente, la defensa de la reducción de la jornada laboral ha ido incorporando nuevas dimensiones al debate. De este modo, a parte de las cuestiones a las que ya nos hemos referido sobre discriminación por razón de género, se ha sumado a la discusión los problemas derivados de la precariedad en la contratación, muy ligada a la flexibilidad del mercado laboral y del mismo horario de trabajo. Se habría que añadir a las nuevas flexibilidades, la aparición, todavía incipiente pero decidida, de otras formas de ocupación como el trabajo a distancia o teletrabajo y la autocupación que todavía añadirán más complejidad al debate. Además, con la aceleradísima terciarización, los horarios tradicionales han estallado en una multitud de fórmulas, especialmente en el mundo del comercio y del negocio del tiempo libre, que mientras han suavizado la tensión en determinadas rigideces en la prestación de estos servicios a los que siguen horarios de estructura industrial, han introducido nuevas en el marco de la vida familiar de los primeros.

Y, finalmente, desde el mundo de las grandes empresas, cada día más convencidas del alto valor del capital humano disponible y preocupadas en mantenerlo, se ha despertado un verdadero interés en mejorar las condiciones de trabajo en los segmentos profesionales más altos, a los cuales antes sólo se les exigía una dedicación casi vocacional. El caso es que, llegados a un cierto punto de bienestar material, para estos niveles profesionales, la única mejora efectiva es la que proviene de la mayor disponibilidad de tiempo personal. Y, por tanto, los responsables de recursos humanos más avanzados se han puesto a diseñar propuestas para atender estas nuevas demandas y al mismo tiempo conseguir mejorar la identificación del profesional con la empresa a través de servicios que faciliten la conciliación del trabajo con la vida familiar y personal.

Respecto a las políticas públicas, las diferentes tradiciones culturales dentro Europa mismo muestran una gran diversidad de situaciones, sensibilidades y, en definitiva, de grados de desarrollo del Estado del Bienestar. Los países nórdicos han desarrollado modelos de protección familiar que, visto como van las cosas, y cuando ya se pone en entredicho algunos de los logros conseguidos aquí, serán muy difícil de alcanzar algún día. Los países de Europa central todavía ofrecen fórmulas emulables. Y dentro del área mediterránea, el más atrasado de todos, también hay experiencias como las italianas que nos podrían ser útiles. Pero, actualmente, aquí acabamos de darnos cuenta de la importancia de favorecer moderadamente la natalidad -probablemente porque ha resultado más barato recurrir a la inmigración- y hemos estado lejos de atender aspectos ligados a la calidad global de la vida familiar. También, tenemos que añadir, porque hasta ahora mismo aquí se ha mantenido viva una cultura de solidaridades familiares que ha resuelto necesidades que en otras áreas culturales ya no se atendían espontáneamente. Aquí y ahora, en Cataluña, todavía estamos en los proyectos de construcción de guarderías, de favorecer los horarios a tiempo parcial en el caso de hijos o de promover la atención a las diversas discapacidades. Realmente, estamos dando los primeros pasos.

Nos interesa, pues, la calidad de vida personal y social, familiar y de ocio, estrechamente vinculada, por supuesto, a la disponibilidad de tiempo. En realidad, ninguno de los objetivos de la mayoría de los estudios, como hemos dicho, no se escapa de nuestro campo de análisis. Es la educación cívica la que trabaja a favor de la igualdad entre hombres y mujeres y lo es la acción que hace compatible la conservación del trabajo con la realización profesional y el bienestar económico. Así como las políticas públicas a favor de la familia son muestras de civismo social. Y, por supuesto, tienen que ver con la educación las acciones encaminadas a favorecer la buena participación y colaboración entre madres, padres y escuela. Pero la preservación de un tiempo personal y de vida en familia, sea el modelo familiar y de convivencia que sea, consideramos que es la base sobre la que se puede construir un bienestar personal y colectivo más profundo.

Salvador Cardús, Ir al Principio

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