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El liderazgo ético, un reto empresarial

Carlos M. Moreno Pérez

4. ¿Qué es el liderazgo ético?

Vaya de antemano que un liderazgo ético es, también, liderazgo. Por consiguiente, ha de incluir visión, coordinación y cambio. Pero, obviamente y dicho esto, hemos de concretar los elementos, específicamente, éticos. Mi convencimiento es que el liderazgo ético se fundamenta en las virtudes morales. La virtud tiene que ver con la conducta de la persona, en este caso, del directivo y líder. De hecho, cómo se conduce -cómo se comporta- ante su trabajo diario. La conducta cimentada en principios morales deja traslucir cuáles son esos principios, si los hay. El directivo puede tener esos principios profundamente arraigados en su personalidad. Aquí, es donde se manifiesta la formación de una conciencia recta. La conducta de un líder ético requiere, en tantas ocasiones, una sólida formación. Así, podrá “capear el temporal” o mejor, mantenerse firme cuando la ocasión (se) lo requiera. A nadie se nos escapa la dificultad de un entorno tan competitivo. Sabemos, también, que no todos respetan las reglas del juego y que los directivos se encuentran muchas veces, debido al entorno, en situaciones muy delicadas. Justificamos, en más de una ocasión, nuestras decisiones por ese entorno.

Todo ello, es cierto. ¿Es excusable? Es interesante cuando Pérez López23 escribe: “… la calidad ética de la empresa y de sus directivos no depende del entorno, sino de cómo reaccionan ante su entorno”. El entorno es la “excusa” perfecta para medir la calidad ética de nuestra dirección. Blanchard y Peale24 se refieren al “chequeo ético” para averiguar cuál es el “tono” de nuestras decisiones. Y lo cifran en tres puntos: Primero, ¿Es legal? ¿Transgrediré las leyes civiles o la política de la empresa? Segundo, ¿Es equilibrado? ¿Es justo para todos los interesados tanto a corto como a largo plazo? Tercero, ¿Cómo me sentiré? ¿Me sentiré orgulloso? ¿Me gustaría que mi decisión se publicase en los periódicos? ¿Me gustaría que mi familia se enterase? Ese sería un primer paso, algo superficial. Deberíamos sustituir el “chequeo ético” -para ir más al fondo- por un “examen de conciencia”. De este modo, sabríamos dónde estamos, éticamente hablando, en nuestra conducta. Para ello, deberíamos tener “muy a mano” las virtudes fundamentales que son, como todos sabemos, siete.

En esta ocasión, dejaremos de lado las virtudes teologales y nos centraremos en las otras cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Las cuatro (de hecho, las siete) han de guiar el liderazgo ético. La primera de todas, la prudencia -como ya he escrito anteriormente- es la virtud empresarial por excelencia. No se entiende un liderazgo ético sin ejercer la prudencia. La prudencia ha de regir nuestra conducta y, por tanto, ha de estar presente en todas nuestras actuaciones. Ser prudente en la conducta es virtud fundamental del liderazgo ético. Junto a la prudencia, estaría la templanza. La templanza tiene que ver con el ánimo sereno, equilibrado en su justa medida para transmitir la serenidad en una empresa de que las cosas se están haciendo de la mejor forma posible. Virtud imprescindible para no perder la calma en los momentos difíciles, para saber mediar en asuntos delicados, para llevar adecuadamente una negociación… Al lado, justo al lado de la templanza, está la fortaleza. La fortaleza es virtud de ánimo -animus, espíritu, principio vital- donde el líder se mantiene vivo donde los demás desfallecen. Atañe al carácter. Y el líder ético tiene el carácter forjado tras la repetición de actos -auténticos hábitos- en la búsqueda del mayor bien posible, para la mayoría de las personas de su empresa. De ánimo bien dispuesto, centrado en sus principios morales arrastra, con su ejemplo, a quienes le rodean. De poco servirían las virtudes anteriores sin la justicia, sobre todo, en la sociedad actual donde la sensibilidad por la justicia está tan arraigada entre las gentes. Las personas de la empresa han de percibir, claramente, que el líder es justo en su conducta. Si la justicia está presente en la dirección, ésta ganará credibilidad ante sus subordinados. Los empleados creerán en las decisiones tomadas por al dirección y en las acciones a emprender. Cuando la arbitrariedad, la prepotencia o la simple falta de criterios están presentes en la conducta del directivo, se pierde toda posibilidad de llevar a término un liderazgo ético. En definitiva, el líder ha de ser una persona íntegra, “de una pieza”. El liderazgo se ejerce desde y con integridad25.

Estoy convencido que en los próximos años, aparecerán estudiosos rigurosos sobre la relevancia de las virtudes en el trabajo directivo. La revisión de clásicos como Aristóteles junto con el pulso del trabajo directivo diario, en empresas concretas, aportarán -no me cabe la menor duda- mayor profundidad en la dirección de empresas. Es el momento de dar un paso mas en la dirección hacia virtudes empresariales.

No quisiera finalizar estas páginas sin volver al principio. El líder es persona normal, como usted, como yo. El liderazgo como afirman Heifetz y Laurie26 “tiene que tener lugar todos los días”. El líder se hace día a día… como usted, como yo. (¿Dime qué haces y te diré quién eres?). El liderazgo ético tiene que ver con las personas… como usted, como yo. La empresa es una organización de personas. El directivo trabaja con personas. El líder ético es -como escribe Pérez López27- y no he encontrado palabras más acertadas: “Cuando un hombre de empresa no es capaz de mover a su gente más que a través de motivos económicos, es tan mal profesional como el médico que es incapaz de otra cosa que no sea atacar los síntomas que el enfermo dice que tiene. Cuando es capaz de mover a las personas a través de los trabajos que les ofrece y del aprendizaje profesional que le proporciona, ya está en otro nivel profesional; ya no es tan sólo un estratega sino un ejecutivo. Cuando es capaz de llegar a los subordinados a descubrir el valor y el sentido de lo que están haciendo, entonces, y sólo entonces, es un líder”. Si tenemos las cualidades del “ser persona” y les sumamos las cualidades de un líder y, también, las habilidades de un directivo llegaremos, al final, al liderazgo ético del directivo. Todo un reto para el s. XXI. No son palabras mías, son de Aristóteles de su Ética a Nicómaco28: “…las virtudes no se producen ni por naturaleza, ni contra naturaleza, sino por tener aptitud natural para recibirlas y perfeccionarlas mediante la costumbre”. ¿Estamos con la aptitud natural para recibirlas? ¿Estamos en el camino de la perfección? No hay duda: es un reto personal; un reto empresarial para el s. XXI. Como afirma Spaeman29: “La conciencia es una exigencia de nosotros a nosotros mismos”. La respuesta está, ciertamente, en nosotros. El reto ético es personal, el liderazgo ético es reto empresarial.

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Carlos M. Moreno PérezIr al Principio


  1. Pérez López, Juan Antonio (1998), Liderazgo y ética en la dirección de empresas. La nueva empresa del siglo XXI, Deusto, Bilbao, p. 128.
  2. Blanchard, Kenneth y Peale Norman Vincent (1990), El poder ético del directivo, Grijalbo, Bacelona, p. 33.
  3. Petrick, Joseph A. y Quinn, John F., (1997), Management Ethics. Integrity at Work, Sage, London. Libro sugerente sobre el tema de la integridad.
  4. Heifetz, Ronald A. y Laurie, Donald, L. (1999), "El trabajo del liderazgo", en Harvard Business Review, Liderazgo, Bilbao, Ediciones Deusto, p. 209.
  5. Pérez López, Juan Antonio (1998), Liderazgo y ética en la dirección de empresas. La nueva empresa del siglo XXI, Deusto, Bilbao, p. 107.
  6. Aristóteles, (1981), Ética a Nicómaco, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, Lib. II, 1, p. 19.
  7. Spaeman, Robert (1987), Ética: Cuestiones fundamentales, EUNSA, Pamplona, p. 87.

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