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Es
sorprendente
que
una
cultura
hedonista
como
la
nuestra,
en
la
que
el
placer
como
modo
de
vida
es
lo
que
justifica,
cultural
ya
que
no
moralmente,
su
capitalismo,
llegue
a
hacer
tan
desdichados
a
sus
hombres.
La
prisa
y
la
agresividad
se
han constituido en
las
protagonistas
de
este
encierro,
del
que
todos
aspiran
de
palabra
a
salir
y
nadie
sale.
Los
negocios
no
son
para
muchos
ni
siquiera
ya
un
arte,
sino
una
auténtica
religión,
con
su
moral
relapsa,
sus
dogmas
y
sus
cultos.
La
competitividad
no
se
ejerce
ya
sólo
con
los
contrincantes,
sino
con
uno
mismo:
la
máxima
"sé
tú
tu
más
feroz
competidor"
es
la
que
lleva
al
éxito
(¿en
qué?).
La
vida
alrededor
se
basa
en
un
consumo
compulsivo
e
inerte
sin
el
que
la
economía
no
funciona,
en
unas
novedades
técnológicas
que
avanzan
a
oleadas
cada
vez
más
frecuentes,
y
en
una
implacable
suscitación
de
los
deseos:
el
deseo
como
definidor
del
deseante,
como
mantenedor
de
su
intensidad,
como
termómetro
de
su
vigencia,
como
terapia
de
sus
depresiones,
como
impulsor
de
cualquier
tipo
de
progreso.
Lo
supieron
los
clásicos.
Intentar
calmar
los
deseos
mediante
la
posesión
es
tratar
de
apagar
un
fuego
echando
paja,
escribió
Pitágoras.
Porque
los
deseos,
más
cuanto
más
vanos,
son
insaciables,
y
lo
que
los
adormece
se
compra
en
el
fondo
a
costa
del
alma.
No
choca
que
Homero
se
propusiera
"marchar
desnudo
al
campo
de
quienes
nada
desean".
Son
los
mediocres
mercachifles
los
que
sugieren
avideces
para
basar
en
ellas
su
dominio.
Es
sabido
que
no
hay
nadie
que
no
sienta
más
deseos
que
necesidades,
y
más
necesidades
que
satisfacciones.
De
ahí
la
impaciencia
que
nos
destroza
y
nos
invalida.
Se
quiere
todo
y
ya,
sin
respetar
el
verdadero
camino
y
el
ritmo
de
lo
que
se
quiere.
Se
ha
trizado
el
lógico
devenir
de
los
alimentos,
de
las
emociones,
de
la
naturaleza
de
las
cosas.
El
amor
de
melón
y
tajada
en
mano;
por
ejemplo,
es
mentira
porque
no
le
da
tiempo
a
la
ternura.
Llegar
al
postre
recién
tomado
el
aperitivo,
y
aun
sin
aperitivo,
estraga
el
paladar
y
desconcierta
el
estómago.
Es
esa
prisa
la
que
Sartre
relacionó
con
la
violencia,
porque
violencia
es
el
camino
más
corto
para
lograr
cualquier
deseo.
Hoy
nos
parece
tan
grato
entrar
por
las
puertas
abiertas
como
forzarlas;
sin
embargo,
es
sabido
que
a
patadas
o
con
ganzúas
no
se
penetra
en
ningún
corazón.
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Aunque
se
repita
que
el
progreso
necesita
esta
actitud
ansiosa,
no
es
verdad:
la
violencia
es
recurso
de
débiles.
¿O
es
que
acaso
no
es
débil
la
sociedad
que
nos
ha
hecho
como
somos?
Si
presenta
posibilidades
de
mejora
y
no
ofrece
vías
para
lograrla,
provoca
la
agresividad;
si
proclama
una
convocatoria
de
dicha
general
sin
contar
con
las
aspiraciones
personales
y
los
proyectos
subjetivos,
provoca
la
agresividad;
si
avanza
en
un
estado
de
violencia
permanente,
reduciendo
los
espacios
vitales,
los
impulsos
y
los
ideales
íntimos,
o
imponiendo
una
moral
raquítica
e
hipócrita,
provoca
la
agresividad;
si
se
desentiende
del
amor
y
promueve
el
sexo,
y
aún,
por
si
fuera
poco,
luego
lo
reprime,
está
provocando
la
agresividad.
El
concepto
de
héroe,
manejado
e
impuesto
por
el
cine
y
la
televisión,
ha concluido por
reducirse
a
la
violencia:
por
ser
un
reflejo
de
la
que
la
sociedad
ejerce
sobre
los
individuos,
al
sembrar
en
sus
almas
la
inquietud
de
los
deseos
provocados
y
la frustración de
las
primeras
ilusiones;
al plantear
a
los
ciudadanos
sus
modelos
inasequibles
y
faltos
de
humanidad,
ni
siquiera
deseados
la
mayor
parte
de
las
veces,
sino
embutidos
a
martillazos
en
la
mente
con
técnicas
de
mercado.
¿Cómo
puede
tal
sociedad
declararse
irresponsable
y
hablar
de
que
se
desencadena
una
ola
de
violencia?
¿Cómo
pueden
los
individuos,
así
sometidos
a
ortopedias
y
desencantos,
quejarse
de
su
infelicidad?
El
que
escupe
al
cielo
ha
de
esperar
dispuesto
a
que
le
moje
la
cara
su
saliva.
¿Quién
lo
convencerá
de
que
fue
creado
para
el
piadoso
afecto
y
la
tranquilidad,
sin
más
anhelos
que
su
alimento,
su
cubil,
su
pareja
y
sus
hijos?
Es
decir,
sin
otros
acicates
que
cuanto
necesita
para
cumplir
su
destino
de
uno
en
uno,
o
de
dos
en
dos.
Tal
fue
el
lamento
de
Quevedo:
"Perdí,
con
el
desprecio
y
la
pobreza,
/
la
paz
y
el
ocio;
el
sueño,
amedrentado,
/
se
fue
en
esclavitud
de
la
riqueza.
/
Quedé
en
poder
del
oro
y
del
cuidado,
/
sin
ver
cuán
liberal
Naturaleza
/
da
lo
que
basta
al
seso
no
turbado".
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