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El desasosiego

ANTONIO GALA. Septiembre 1.996

 

Es sorprendente que una cultura hedonista como la nuestra, en la que el placer como modo de vida es lo que justifica, cultural ya que no moralmente, su capitalismo, llegue a hacer tan desdichados a sus hombres. La prisa y la agresividad se han constituido en las protagonistas de este encierro, del que todos aspiran de palabra a salir y nadie sale.

Los negocios no son para muchos ni siquiera ya un arte, sino una auténtica religión, con su moral relapsa, sus dogmas y sus cultos. La competitividad no se ejerce ya sólo con los contrincantes, sino con uno mismo: la máxima "sé tú tu más feroz competidor" es la que lleva al éxito (¿en qué?). La vida alrededor se basa en un consumo compulsivo e inerte sin el que la economía no funciona, en unas novedades técnológicas que avanzan a oleadas cada vez más frecuentes, y en una implacable suscitación de los deseos: el deseo como definidor del deseante, como mantenedor de su intensidad, como termómetro de su vigencia, como terapia de sus depresiones, como impulsor de cualquier tipo de progreso.

Lo supieron los clásicos. Intentar calmar los deseos mediante la posesión es tratar de apagar un fuego echando paja, escribió Pitágoras. Porque los deseos, más cuanto más vanos, son insaciables, y lo que los adormece se compra en el fondo a costa del alma. No choca que Homero se propusiera "marchar desnudo al campo de quienes nada desean". Son los mediocres mercachifles los que sugieren avideces para basar en ellas su dominio. Es sabido que no hay nadie que no sienta más deseos que necesidades, y más necesidades que satisfacciones. De ahí la impaciencia que nos destroza y nos invalida. Se quiere todo y ya, sin respetar el verdadero camino y el ritmo de lo que se quiere. Se ha trizado el lógico devenir de los alimentos, de las emociones, de la naturaleza de las cosas. El amor de melón y tajada en mano; por ejemplo, es mentira porque no le da tiempo a la ternura. Llegar al postre recién tomado el aperitivo, y aun sin aperitivo, estraga el paladar y desconcierta el estómago.

Es esa prisa la que Sartre relacionó con la violencia, porque violencia es el camino más corto para lograr cualquier deseo. Hoy nos parece tan grato entrar por las puertas abiertas como forzarlas; sin embargo, es sabido que a patadas o con ganzúas no se penetra en ningún corazón.

Aunque se repita que el progreso necesita esta actitud ansiosa, no es verdad: la violencia es recurso de débiles.

¿O es que acaso no es débil la sociedad que nos ha hecho como somos? Si presenta posibilidades de mejora y no ofrece vías para lograrla, provoca la agresividad; si proclama una convocatoria de dicha general sin contar con las aspiraciones personales y los proyectos subjetivos, provoca la agresividad; si avanza en un estado de violencia permanente, reduciendo los espacios vitales, los impulsos y los ideales íntimos, o  imponiendo una moral raquítica e hipócrita, provoca la agresividad; si se desentiende del amor y  promueve el sexo, y aún, por si fuera poco, luego lo reprime, está provocando la agresividad.

El concepto de héroe, manejado e impuesto por el cine y la televisión, ha concluido por reducirse a la violencia: por ser un reflejo de la que la sociedad ejerce sobre los individuos, al sembrar en sus almas la inquietud de los deseos provocados y la frustración de las primeras ilusiones; al plantear a los ciudadanos sus modelos inasequibles y faltos de humanidad, ni siquiera deseados la mayor parte de las veces, sino embutidos a martillazos en la mente con técnicas de mercado.

¿Cómo puede tal sociedad declararse irresponsable y hablar de que se desencadena una ola de violencia? ¿Cómo pueden los individuos, así sometidos a ortopedias y desencantos, quejarse de su infelicidad?

El que escupe al cielo ha de esperar dispuesto a que le moje la cara su saliva. ¿Quién lo convencerá de que fue creado para el piadoso afecto y la tranquilidad, sin más anhelos que su alimento, su cubil, su pareja y sus hijos? Es decir, sin otros acicates que cuanto necesita para cumplir su destino de uno en uno, o de dos en dos.

Tal fue el lamento de Quevedo:

"Perdí, con el desprecio y la pobreza, / la paz y el ocio; el sueño, amedrentado, / se fue en esclavitud de la riqueza. / Quedé en poder del oro y del cuidado, / sin ver cuán liberal Naturaleza / da lo que basta al seso no turbado".

ANTONIO GALA. Septiembre 1.996. Ir al Principio

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