Modos para gestionar personas (I) Por José Antonio Prades “Un texto anónimo de la Tradición dice que cada persona en su existencia puede tener dos actitudes: Construir o Plantar. Los constructores pueden demorar años en sus tareas, pero un día terminan aquello que estaban haciendo. Entonces se paran y quedan limitados por sus propias paredes. La vida pierde el sentido cuando la construcción acaba. Pero existen los que plantan. Éstos a veces sufren con las tempestades, las estaciones, y raramente descansan. Pero, al contrario que un edificio, el jardín jamás para de crecer. Y, al mismo tiempo que exige la atención del jardinero, también permite que, para él, la vida sea una gran aventura. Los jardineros se reconocerán entre sí, porque saben que en la historia de cada planta está el crecimiento de toda la Tierra.” Paulo Coelho, prólogo de “Brida” I.- ANTEAYER El día de mi cincuenta y seis cumpleaños deambulaba por el edificio de la central, haciendo tiempo con saludos a conocidos antes de acudir a una cita con el Consejero-Delegado. “¡Qué sorpresa! Me va a felicitar”, pensé cuando me lo comunicaron. Según rumores de pasillo, nuestro paternal líder solía tener estas deferencias (con el personal directivo, naturalmente), según el grado de estima conseguido. No era yo muy dado a estas “patochadas”, pero debo reconocer que me adulaba el ego, porque mi educación empresarial no podía sustraerse a la cultura del entorno. No cualquiera era llamado por tan alta autoridad. Y aunque quisiera resistirme, el prestigio a obtener entre mis colegas cuando se supiera en la casa iba desmoronando mis convicciones. Al entrar en el ascensor, estaba dejando atrás casi cuarenta años de un trabajo poco emocionante. Presto a recibir el consabido abrazo institucional, saludé a Puri, la eterna secretaria, y pasé a través del pasillo bajo bóveda de cañón artesonada, que amenizaba un paseo triunfal hacia el habitáculo del prócer, lleno de marquetería como recuerdo póstumo del maestro ebanista, don Juan Langarita, hoy ordenanza en la Fundación de la empresa, tras la “tercerización” de los trabajos de carpintería. -¡Amigo Ramón! -exclamó el CD. “¡Oh, Dios mío, ya no soy Huertas!”, pensé Me saludó tan efusiva como artificialmente y me invitó a sentarme en el lugar de los elegidos, el sofá de cuero -con efluvio soplante al acogerme en su seno-, emitiendo una orden inmediata para ser agasajado con un café. -Ramón , Ramón... Hacía tiempo que no nos veíamos, pero no he dejado de recibir muy buenas noticias de sus éxitos. O es usted un buen directivo, o tiene muy buenos amigos, je, je. Sonreí. Nunca se debe interrumpir un halago... a pesar de la ironía. Comenzamos una retahíla de preguntas y respuestas absurdas que querían ser corteses sobre la familia y otras aficiones, mientras tomábamos el café jamaicano importado exclusivamente para la degustación de los Consejeros y adláteres. Llegué a sentirme incómodo porque estábamos superando el peloteo por un cumpleaños e intuía algo raro detrás de sus interesadas sonrisas. No podía imaginar el desenlace de la conversación. Todavía hoy no acierto a encontrar una sola razón que avale el nombramiento. -Bien, bien, amigo Ramón. Hace muchos años que contamos con su lealtad en esta empresa y hemos tomado debida cuenta de ello. Queremos ser justos con los empleados como usted, que han sabido dedicar sus esfuerzos a que todo vaya bien. Por eso, estimamos un premio adecuado otorgarle una promoción en su carrera profesional. Como ya conocerá, don Pedro Santaeugenia nos deja por jubilación después de tanto tiempo ejerciendo su labor con una gestión intachable... así pues, querido Ramón, desde hoy es usted el nuevo Director de Recursos Humanos de esta casa. Tuve que tomar aire profundamente, antes de intentar alguna contestación. -No diga nada, Ramón, no diga nada. Sé que se siente abrumado. Termínese el café tranquilo. Volveremos a hablar la semana que viene. Y tómese el tiempo necesario para el traslado. Me pone muy contento su aceptación del cargo, lo que entiendo como otra prueba más de su lealtad. El CD se levantó, me atraganté con el café, me levanté, volví a pasar bajo la bóveda artesonada y al llegar ante Puri: -Señorita Puri, tengo el placer de presentarle al nuevo Director de Recursos Humanos de la empresa, el señor don Ramón Huertas -habló con voz rimbombante, como quien arma a un caballero-. A partir de ahora, puede tener línea directa conmigo, no se olvide. Puri me sonrió tan forzadamente que casi se le cae un pedazo del maquillaje. También yo me había olvidado de que era mi cumpleaños. Decliné la invitación de la secretaria para acompañarme hasta el ascensor privado y busqué el acceso a la escalera. Mientras iba dejando caer mi peso en cada escalón, lentamente, como quien machaca cáscaras de cacahuete desparramadas, intenté ordenar los mensajes. Por un instante, deseaba gritar a las paredes el éxito de un ascenso. Al segundo, me agarraba a la barandilla para superar el vértigo, Y antes de llegar al piso siguiente, intenté encontrar oscuras maniobras de algún chambelán que habrían llevado al CD a tal nombramiento. Por cada planta descendida hasta llegar a la tierra firme, el primer deseo ganaba posición en el debate, contrarrestado por el miedo al miedo y equilibrado por la cómoda decisión de acatar la orden de un superior. Conforme iba dominándome la sonrisa irónica del gran CD en su papel de juez paternalista que dicta sentencia irrevocable, pasaron por mi mente, a modo de confesión antes de llegar al cadalso, mis años “al servicio” de la compañía. Calcador, ayudante de delineante, delineante, proyectista, jefe de Obras, jefe Técnico y director de Zona. Es decir, con una meditación muy profesional, podía llegar a colegirse la trayectoria ideal para cumplir un retiro feliz en asuntos de personal. ¡Qué momento! Pedro Santaeugenia se jubilaba como máximo responsable de Recursos Humanos, después de haber cambiado sus tarjetas tres veces en los últimos cinco años. Su maquillaje se llamó Jefe Superior de Personal, Director de Relaciones Industriales y, desde hacía seis meses, Subdirector General de Recursos Humanos. Y con cada nominación, su cuadradito en el organigrama subía más y más (no digamos de sus emolumentos), desde una patita bajo el Director Administrativo hasta las mismas barbas del primer nivel jerárquico. Según la carta de nombramiento del “día después”, no me asignaban el mismo rango, pero sí el área en su conjunto, y por supuesto promocionable en breve tiempo: “...los resultados en su desempeño, que no dudamos va a conseguir, supondrán con la mayor brevedad el reconocimiento a la responsabilidad que un cargo tan importante para la compañía merece..”. A lo largo de un mes, en el que floté entre las despedidas a Pedro y los agasajos en mi anterior destino, me entretuve en buscar una pista de aterrizaje donde caer para comenzar la búsqueda del rol de un Jefe de Personal. Naturalmente, en aquel tiempo Recursos Humanos no me sonaba como nombre, más bien lo entendía una característica sanguínea (Rh), por no decir sangrienta, sonido que hoy tampoco me parece buena música, aunque por otras razones. Antes de leer varios libros sobre el tema, lo que me aportó algo de vocabulario y mucho de incertidumbre, me entretuve en analizar la labor de Pedro Santaeugenia en su cuarto de siglo como capo de Personal. El buen Pedro fue captado tras una dura selección entre los principales amigos de nuestros Consejeros. Quizá pudo ser el elegido porque su contacto era una cuñada del Presidente. Ya rondaría los treinta cuando llegó, de lo que me informaron en mi mesa de delineante a los seis meses de su ingreso. Pasaron algunos años hasta que conocí su firma en una Nota de Régimen Interior, en la cual me felicitaba por haber sido el empleado con mayor puntualidad en el ejercicio. Al poco tiempo, la vi, tan preciosa en su barroquismo, en dos nuevos comunicados personales: una amonestación a mi colega de siempre por haber extraviado un plano de esencial importancia, y mi nombramiento como Jefe de Obras de la Zona Oeste. Pedro ostentaba un doctorado en Derecho, había sido, y siguió siendo durante bastantes años, profesor universitario de Derecho del Trabajo, y respondía al clásico perfil del hombre crecido entre Leyes, Reglamentos, Decretos y Procedimientos, recto y justo, austero, inflexible para sancionar, lento para gestionar y hábil para ahorrarle unos durillos a la empresa retrasando los ascensos y utilizando los impresos caducados como papel borrador... una buena persona alineada con la cultura paternal de una empresa asentada en el mercado y sin problemas para engordar los dividendos lustro a lustro. Su mayor mérito, nunca escuchado de su boca, era cero conflicto sindical, por medio de la estrategia de “aguantar hasta que podamos, incluso admitiendo pequeñas revueltas, que otorgan al personal mayor sensación de protagonismo durante un tiempo, para llegar al acuerdo justo sin ceder en lo importante: el Reglamento de Régimen Interior”. Con estos modos, Pedro había creado una política implícita, que se basaba en el reconocimiento técnico, orientada a la tarea y a la disciplina, burocratizada en el conducto reglamentario, tendente a la inmovilidad de grupos profesionales y proclive a los silencios sumisos en el cumplimiento de las Normas como mayor mérito para obtener el reconocimiento. -Ramón, eres el mejor líder de recursos humanos de esta santa casa. Así escuché por primera vez la expresión “Recursos Humanos”. Pedro, ante mi petición de que se acercara por la Zona Oeste para ayudarnos a resolver un conflicto en la interpretación del nuevo Convenio, había conformado una Comisión al efecto, radicada en nuestra sede central, naturalmente, en la que me incluyó como representante de la parte operativa. Después de una fuerte negociación sobre el asunto, donde el entonces Director de Relaciones Industriales aplicó su estrategia completa, me sentí como paisano de otra galaxia al exponer posturas que colocaban en la cara de Pedro una grave expresión de perplejidad. Entonces, y hoy pienso lo mismo, defendía soluciones que respetaban las normas del Convenio con criterio profesional. Es decir, proponía distintas reorganizaciones encaminadas a obtener el máximo de productividad. Para ello, los trabajadores debían asumir alguna responsabilidad más, llevando adelante tareas con menos supervisión. El acuerdo final se tradujo en nuevos ascensos a capataz, por lo que nuestra media de coste subía un par de puntos por encima de lo pactado en el Convenio. Pero no debía preocuparme, que esto no sería tenido en cuenta en el Informe Anual de mi Gestión. En la comida de confraternización por llegar al consenso justo, todos felices y satisfechos menos yo, en presencia de Santaeugenia, quien puso cara de circunstancia, un miembro de la parte social, un sindicalista joven, lanzó aquella frase en los postres. Como no entendí bien lo de “líder” ni lo de “recursos humanos”, pero su tono inducía un contenido de loa, le sonreí en clave de pardillo y cambié de conversación... aunque sirvió para ponerme a la altura de los otros comensales en materia de complacencia. Más o menos, hacia mi cincuenta y siete cumpleaños, empecé a comprender qué quiso decir. Pasaron los días de felicitaciones y despedidas, y trasladé mis bártulos al despacho de la planta 4ª, donde relucía como nuevo el cartelito Director de Recursos Humanos, con un espacio más clarito en la pared donde podrían caber el “Sub” y el “General”. La primera reacción de Margarita, la secretaria, fue preguntarme qué encargaba a la cafetería para mi desayuno. Cuando le dije que ya venía desayunado de casa, frunció el ceño y se marchó refunfuñando. Su segunda acción fue rechazarme una entrevista con un sindicalista que “no tenía cargo”. Decirle que me consultara antes de tomar esas decisiones sobre quién debía verme o no supuso el mayor agravio secretarial que pude cometer. A los pocos días, me enteré de que en el edificio la llamaban “ínclita Directora Adjunta”, abreviado como “la incli”. Tomé asiento, suspiré y me dediqué a explorar la mesa, muebles y papeles. Al cabo de unas horas, decidí llamar a los distintos jefes del equipo. Como conocía a dos de los tres, me sorprendió que los alegres saludos de antaño se convirtieran en tímidos balbuceos de sumisión. En fin, lo observé con mi mejor sonrisa y durante más de tres meses me dediqué a ver cómo se organizaba la cosa en aquel departamento “sagrado”. Hubo una anécdota digna de aparecer en el libro Guiness. La primera vez que entré en la oficina de Personal me sentí revestido del capelo cardenalicio. Abrí la puerta y la primera cabeza que levantó la vista saltó hacia el techo y mandó a su cuerpo la orden de ponerse en pie y tensarse en posición de “firmes”. Fue uno, otro, el de más allá… Salió el Jefe, me saludó diciendo “¿cómo no me has avisado que venías?”, y con un gesto indicó que se sentaran. Sólo faltó que me besaran el anillo. Alucinante. Mi experiencia operativa no tenía nada que ver con ese servicio central. Los días pasaban con una rutina tediosa y mi labor podía centrarse simplemente en firmar, firmar y firmar. Apenas nadie se acercaba por mi despacho, salvo Margarita con la carpeta de cuero repleta de documentos, generalmente farragosos, sin un informe resumen, que yo debía rubricar mientras ella me miraba hierática pidiendo prisa para irse a comer. Si le decía que los dejara sobre mi mesa, con la intención de analizar su contenido... refunfuñaba dejando adivinar silenciosos improperios. TC1, TC2, NRI (notas de régimen interior), algunas felicitaciones, bastantes amonestaciones, ningún despido, ascensos para dentro de tres meses, traslados...
“Ocupado como estaba siempre..., el rey demoraba la respuesta, y... pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario, que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar... a la mujer de la limpieza, que opinaba de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.” José Saramago, “El cuento de la isla desconocida” Pude dedicarme a sestear... No. Pude dedicarme a vivir del “peloteo” para alcanzar la categoría de Subdirector General... No. Pude dedicarme a disfrutar del poder... No. Tratar los recursos humanos no me cuadraba con las tareas de asignar números de matrícula, pagar a la Seguridad Social, condescender con los Sindicatos y llenar los expedientes de sanciones, retrasos, ausencias, permisos y vacaciones. En esos momentos, no tenía ninguna idea sobre cómo cambiar el enfoque de la función. Analizar las tareas que había dejado muy bien organizadas Pedro sólo me aportaba desazón. Tampoco podía buscar referencia entre colegas, porque aún no conocía a nadie. Y desde luego que el CD no iba a servirme de inspiración. Así, como acción más concreta e intuitiva, regresé a mis andanzas profesionales y me hice una lista de hechos en los que pudiera haberme visto en el papel de jefe de personal ante los distintos equipos que había tenido a mi cargo.
Después de buscar en el recuerdo y encontrar no sólo estos hechos, sino también otros que por pudor no quiero relatar, llegué a la conclusión de que la labor que debía exigirme desde mi nueva posición tenía mucha relación con los resultados buscados en esas acciones. Tenía que ver con confianza, es decir, con darle la vuelta a la premisa “vigílalos, son unos vagos y te la van a hacer” para colocar la de “todo el mundo es bueno por naturaleza”; lo demás es excepción, no la norma, y había que tratarlo como tal. Empecé dando tumbos, una propuesta por aquí, un pequeño plan por allá, pero nada se movía, la imagen de Recursos Humanos no cambiaba y me invadía la insatisfacción. Utilicé las mismas tácticas que había conocido, comunicados, notas en los tablones, alguna charla a la gente de mi oficina, intentando cambiar algo... algo, no sabía qué. Intenté una relación menos formal con los sindicatos y no me hicieron ni caso: teníamos convenio por dos años más y se cumplía como siempre, a rajatabla, por lo tanto, según ellos, ¿para qué íbamos a cambiar? Mejoré los procesos administrativos, ordené los expedientes, consolidé relaciones con el INSS para paliar algún retraso en las liquidaciones, sustituí las sanciones por conversaciones tripartitas entre delegados sindicales, denunciador y denunciado, fui arrinconando el Reglamento de Régimen Interior... Me sentía en un fracaso, todo estaba igual que antes, y había dejado transcurrir casi un año de gestión. “Si los profesionales de Recursos Humanos creen que su finalidad no es nada más que ser responsables de la administración de una función dada, se están apartando a sí mismos de una carrera verdaderamente estimulante y reconfortante.” Jac Fitz-enz, “El Valor Añadido por la Dirección de Recursos Humanos” Las consultoras, ágiles perseguidoras de clientes potenciales, debieron encontrar mi nombre en algún TC y me incluyeron en su lista: recibí una convocatoria a un rimbombante Congreso: “Las Personas, única garantía de futuro”. Me llamó la atención un programa dirigido a Directores de Recursos Humanos donde no se mentaba el ámbito laboral, ni la jurisprudencia en temas de ayudas sociales, ni cómo considerar el pase de la Incapacidad Transitoria a la Invalidez Provisional al término de los dieciocho meses, evitando los seis de prórroga. Decidí asistir y bendita la hora. La primera mañana me aburrí como un lapicero en la mesa de un hacker. No entendí nada porque tal como estaba previsto no se hablaba de nóminas, ni de sindicatos, ni de sanciones. En una ponencia, creí entender algo en términos de psicología, nombraron a un tal Peter Senge y su teoría sobre las empresas como seres vivos per se, adjudicándoles inteligencia. Escuché algo así como pensamiento sistémico, modelos mentales, dominio personal, fragmentación... Casi me arrepentí de haber pagado las doscientas mil pesetas. “¡Qué derroche!”, pensé. Pero llegó la hora de la comida y fue el comienzo del principio. Se celebraba en el mismo hotel, seguí las indicaciones de una simpática azafata y aparecí en un salón salpicado de mesas redondas. Al no conocer a nadie, me senté en una esquinada. Vi como poco a poco las demás se iban llenando y me iba quedando solo en mi timidez. Pero casi a la vez que el camarero servía el primer plato, un muchacho que rondaría los treinta tomó asiento en la silla de al lado. Comenzamos una conversación banal... hasta el segundo plato. Se llamaba Juan y me pareció verle alma de puesta a tierra. Me explicaré. Después de haber volado con graves teorías y altas palabras, Juan, quizá como ángel venido para ayudar, tradujo en frases llanas las filosofías de escuela superior que los ponentes habían expuesto. En las siguientes sesiones, el aburrimiento cambió por expectación, y en la clausura ni siquiera me quedé a tomar la copa de rigor, me volví al despacho y me enclaustré presto a descubrir las claves del futuro de las Personas en mi santa casa. Encontré significado a “líder” y entendí el porqué de “Recursos Humanos”, rellené varios folios que acabaron llenando la papelera y a las dos de la madrugada culminé un plan de acción que iba a revolucionar la compañía. “Dicen, con razón, que iba a cometer una locura, pero estaba decidido a realizar mi temerario propósito, adoptando antes todas las precauciones posibles”. Robert Louis Stevenson, “La isla del tesoro”
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