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La revolución afectiva en el trabajo: el hombre de hojalata ya tiene corazón

Sonia Rodríguez Muriel - 16/11/2016
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Psicología

Pasamos la mayor parte de nuestro tiempo en el trabajo y compartimos más horas con los compañeros que con nuestra pareja, hijos o amigos. Así que teniendo en cuenta el porcentaje de nuestra vida que trascurre en el entorno laboral, sería lógico pensar que en la oficina pasamos por todo tipo de estados de ánimo, ¿o aún hay alguien que cree que los trabajadores somos autómatas sin sentimientos?
Probablemente a más de un directivo tóxico le encantaría que fuésemos profesionales como el hombre de hojalata en el Mago de Oz: personas exclusivamente orientadas al logro y cerradas al plano sentimental y a las emociones, brillantes y relucientes, centrados en la tarea de cortar el árbol hasta que la lluvia les oxida.
El hombre de hojalata es fuerte por fuera y hueco por dentro, porque no consigue conectar con sus verdaderas emociones. Por eso llega un momento en el que se da cuenta de que necesita un corazón.  
Si estás triste, feliz, te han roto el corazón, has perdido a un ser querido, estás preocupado, has discutido con tu pareja o te han hecho daño, lo vas a reflejar en tu productividad, en la concentración, en la relación con los demás y en mil detalles más a lo largo de la jornada laboral.
 
Las emociones guían nuestro comportamiento, por muy racionales que intentemos ser y por mucho que nos condicione el contexto.
Sin embargo, las emociones en la oficina continúan siendo un tema tabú porque se considera un asunto incómodo para gestionar y tratar.


Con el fin de fomentar un ambiente laboral cordial existen ciertas normas de convivencia, así como comportamientos que se deben evitar, son reglas de etiqueta en la oficina.

Hasta aquí bien, pero ¿qué dicen esas reglas de etiqueta sobre las emociones en el trabajo?  
La ira, la tristeza, la ansiedad, el miedo y la alegría deben ocultarse en la medida de lo posible. Se trata de ponernos una máscara que impida a los demás ver cómo nos sentimos.
Pero ¿realmente es tan malo expresar, en su justa medida, nuestras emociones en el lugar donde más horas pasamos al día? Todos estamos de acuerdo en asegurar un trato correcto, de hecho, lo establece la legislación, pero ¿hasta qué punto humanizado? ¿Dónde debería estar el límite de la etiqueta en la oficina?
Siempre me ha llamado la atención negativamente que se tolera y normaliza más una explosión de enfado entre compañeros o entre un jefe y un colaborador que ver a alguien llorando en el trabajo. Los gritos se identifican con fuerza y carácter, mientras que las lágrimas las asociamos con la debilidad, ¿qué nos está pasando?
Muchas personas interpretan llorar en la oficina como un síntoma de fragilidad, las más radicales y con falta de empatía lo ven como un suicidio emocional.
No sé vosotros, pero desde que empecé a trabajar reconozco que he llorado en varias ocasiones, no públicamente, pero sí me he desahogado con alguien de confianza cuando me he sentido muy mal, triste, enfadada o frustrada y compartir ese gesto íntimo y personal me ha ayudado a sentirme mejor, ver la situación con mayor claridad y sentirme muy unida al compañero/a de trabajo que me prestó su hombro y me abrazó para calmarme.
También soy una persona que llora de emoción cuando veo una película, voy a la ópera o algo me conmueve, e incluso he llorado de felicidad en determinados momentos, pero no por eso me considero una mujer débil.
Los humanos somos los únicos seres vivos que lloran en respuesta a las emociones o al dolor. Son las lágrimas psíquicas y tienen un efecto catártico.
El llanto elimina tensiones y reduce la energía negativa, nos ayuda a tranquilizarnos.
Generalmente lloramos en soledad, pero somos seres sociales y en determinadas circunstancias necesitamos manifestar a los demás nuestro estado de ánimo para obtener consuelo. Un abrazo de alguien que se preocupa por ti cuando estás llorando tiene un efecto curativo en el alma, ¿tan malo es que eso suceda en la oficina?

Buena parte de nosotros, sobre todo el género masculino, hemos sido educados para no llorar. Contener el llanto es casi un acto reflejo. Hemos aprendido a reprimir nuestras emociones, a no mostrar cómo nos sentimos. ¿Cuántas veces nos han dicho en la familia o en el colegio que no debíamos llorar por algo?
Ser fuerte y valiente no significa suprimir nuestras emociones.

La alexitimia es un trastorno desadaptativo psicológico caracterizado por la incapacidad de identificar y describir verbalmente las emociones y sentimientos en uno mismo y en los demás.
Igual esta afirmación suena muy dura, pero tristemente hay empresas en las que se pretende desarrollar una alexitimia organizativa.
La supresión emocional dificulta la concentración, genera infelicidad y afecta al desempeño laboral, al bienestar y a la productividad del trabajador.
No estoy hablando de descontrol sentimental, me refiero a que la emotividad o la ausencia de la misma, son síntomas del estado de la salud emocional de una empresa.
 
Personalmente cuando escucho una carcajada espontánea en la oficina o a trabajadores que se están gastando una broma durante un momento y varias personas ríen de la escena, me genera una sensación muy agradable, es indicio de un ambiente relajado y con relaciones sanas entre los compañeros. Al igual que si oigo una discusión me tenso y prefiero que no suceda en un sitio abierto y delante de más personas ajenas a la misma o intento mediar para frenar la situación.
 
 
Cada vez se da más formación en las empresas sobre aspectos relacionados con la inteligencia emocional y a los responsables de equipo se les enseña estrategias para poder controlar y manejar estas situaciones.
 
La importancia de las emociones en el entorno profesional y su adecuada gestión es indiscutible. El estado de ánimo y las emociones de los trabajadores tienen efectos incluso sobre la cuenta de resultados.
 
Las personas no somos islas emocionales aisladas, cuando vamos a trabajar cada día llevamos nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestros problemas y preocupaciones. Nuestro estado de ánimo y las emociones que tenemos afectan a los demás, el contagio emocional es inevitable.
“Las emociones viajan de persona a persona como si se tratase de un virus”.
Wharton Sigal Barsade

La gente positiva obtiene mejores resultados en el trabajo porque procesan cognitivamente de manera más eficiente y más apropiada. Por otro lado, cuando estás de mal humor, gran parte del esfuerzo realizado se desperdicia en el estado de ánimo. Si estás de buen humor, estás más abierto a asimilar información y a gestionarla de manera efectiva.
Conozco a muchos profesionales brillantes en lo que al expediente académico y experiencia profesional se refiere, pero que son unos incompetentes emocionales.
Un líder sin inteligencia emocional no es un líder.
El cociente intelectual y el expediente académico no sirven como factores para predecir el desempeño.  Los reclutadores se esfuerzan por buscar profesionales con inteligencia social y emocional, que sean capaces de entender y gestionar tanto las emociones propias como las de los demás.
Si nos hemos dado cuenta de que para alcanzar el éxito en la vida personal y profesional es necesaria la inteligencia emocional, ¿por qué las empresas están repletas de analfabetos emocionales?
El nivel de inteligencia emocional colectiva de una organización determina el grado en el que se desarrolla la innovación, el talento, el compromiso y la creatividad.
Expresar las emociones en el trabajo de una manera sana y controlada nos vuelve más empáticos, productivos y mejora la relación laboral.
Como seres sociales necesitamos un soporte emocional en el espacio de trabajo. La gente que se expresa es más productiva porque cuando exteriorizamos nuestras emociones, nos desahogamos y éstas desaparecen o se reducen, por lo que conseguimos relajarnos y poder concentrarnos en nuestras tareas.
Encontrar el equilibrio en la gestión de las emociones en el trabajo no es nada fácil, pero es necesario, generando un espacio de confianza y teniendo siempre claro que es imprescindible conocer el mapa humano para que nuestra empresa funcione, con sus sentimientos inherentes e indisociables.

No solo ha llegado la revolución digital a las empresas, también lo ha hecho la revolución afectiva, las emociones de los trabajadores también forman parte esencial de la organización.
 
El hombre de hojalata ya tiene corazón.

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