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Cualificación o profesionalización

Ana Elena Maury - 14/04/2003
Secciones:

Psicología

,

Formación

En caso de confirmarse la tendencia que indica una creciente “terciarización” del empleo, los criterios de selección y de contratación de personal deberán modificarse. Esto ya esta sucediendo implícitamente y de forma empírica en numerosas empresas. Como consecuencia lógica, habrá que plantearse la capacidad de adaptación del sistema educativo en su conjunto a esta nueva situación. No se puede pretender que los factores comportamentales, actitudinales y de relaciones cobren cada vez mayor protagonismo en el mundo profesional sin que la formación tome estos aspectos en consideración. Esto implica una modificación de los criterios de evaluación, al tener que tomar más en consideración variables relativas a la persona, en detrimento de las apreciaciones puramente “objetivas”. La transformación esta ahí: es profunda e irreversible.

En el modelo de empleo que ha prevalecido durante las tres décadas anteriores a la introducción masiva de las nuevas tecnologías (sin duda la causa de los profundos cambios en la organización de la producción ) existía un vínculo entre la definición del trabajo industrial -taylorismo, y lo que se denominaba la cualificación ; a una función precisa, correspondía una formación concreta, acreditada por el correspondiente diploma. Esta clasificación y estas demarcaciones eran definidas y consensuadas entre las fuerzas sociales. Era necesario sancionar unos conocimientos técnicos, un saber y un saber-hacer específicos. De acuerdo con esta lógica, el sistema educativo producía - y aún produce - diplomados y licenciados acreedores de esos conocimientos que posteriormente debían ser seleccionados en base a su dominio de determinadas “ciencias exactas”. La enseñanza permite la detección de los mejores de forma “igualitaria” y según unos criterios normativos indiscutibles, nunca sospechosos de subjetividad. Es decir que, entre el modelo de enseñanza basada en una supuesta igualdad de oportunidades, y el “modus operandi” económico vigente, existía un vinculo materializado por la exigencia de un cualificación concreta y predeterminada.

Ahora bien, a partir del momento en que el desarrollo del empleo se produce en el sector servicios y que el fenómeno de terciarización se extiende hasta la propia actividad industrial, las equivalencias que anteriormente fueron coherentes ya no funcionan. Más allá de un saber-hacer y de ciertos conocimientos técnicos o tecnológicos, el contenido del trabajo implica cada vez en mayor medida un saber-estar y un hacer-saber” que se basan en cualidades inherentes a la propia personalidad. La calidad del servicio depende de una implicación personal que se traduce en actitudes y comportamientos y que requiere habilidades tales como la aptitud para la comunicación (en el sentido más amplio), la capacidad de convicción, el criterio propio, y la visión de conjunto, todas extremadamente dificiles de normalizar y de cuantificar.

Ya no se valora a un jefe de equipo, en una fabrica por ejemplo, exclusivamente a partir de su competencia profesional. Debe mostrar espíritu analítico, sentido de las relaciones humanas, y aptitud pedagógica. Cuanto mejor sepa motivar o “movilizar”, más se le “cotizará”. Al mecánico de un taller, se le exigirá prestar atención al cliente, y así sucesivamente.

El objetivo de calidad total esta en el origen de lo que se perfila como una nueva necesidad de las empresas. Pero bajo ese nueva terminología, subyace el ideal humanista que contrapone la educación a la instrucción. Cierta lógica estrictamente utilitaria insinúa que solo la instrucción permite asegurarse una posición rentable en la sociedad. En realidad, la flexibilización de las actividades laborales y la continúa innovación de las técnicas exige una educación abierta para lograr un acomodo ventajoso en el mundo de la producción.

Una persona capaz de pensar, de tomar decisiones, de buscar la información relevante que necesita, de relacionarse positivamente con los demás y cooperar con ellos, es mucho mas polivalente y tiene mas posibilidades de adaptación que el que solo posee una formación especifica.

Este movimiento no tiene marcha atrás, en tanto en cuanto el trabajo - el empleo - se hace cada vez más abstracto y al mismo tiempo más versátil.

Como hemos visto, la noción de cualificación (entendida como instrucción) es restrictiva en demasía, y es conveniente sustituirla por la de “profesionalización” (la educación de los humanistas), que se adapta mejor al concepto de “competencia” en el sentido más amplio.

Surgen ciertas dificultades aparentemente insalvables para lograr esa “profesionalización” en el sector servicios o actividades terciarias. En aquellos casos en los que se realiza la selección en base a criterios absolutamente “científicos”, sería necesario tomar en consideración, en el proceso de evaluación, ciertos elementos “subjetivos” basados en el “saber-estar”, lo cual tiene, en la práctica, una difícil evaluación ( ¿dónde empieza el derecho al respeto de la vida privada, de la convicciones y de la autonomía de las personas ?) Por ende, si los criterios científicos pierden parte de su “imparcialidad”, puede abrirse el camino a nuevas formas de arbitrariedad.

A partir del momento en que el razonamiento o el apasionamiento sustituyen a un saber-hacer “confortante”, los riesgos de abusos no están lejos : ¿entrarían en la valoración de la competencia el exceso de espíritu critico o reivindicativo, la capacidad para refutar, o la curiosidad como variables negativa?

Aún así, es preciso contestar con cierta urgencia a un cambio de tales consecuencias. Al seguir privilegiando la cualificación, nos dirigimos a un callejón sin salida, mientras que el sistema educativo, al persistir en su equivocación fundamental, pone continuamente de manifiesto su incapacidad para preparar adecuadamente para el mercado del trabajo.

El cambio más importante que abren las nuevas demandas de la educación es que se deberá incorporar de forma sistemática la tarea de formación de la personalidad. La capacidad de abstracción, la creatividad, la capacidad de analizar y de comprender problemas complejos, la capacidad de asociarse, de negociar, de concertar y de emprender proyectos colectivos son capacidades que pueden ejercerse en la vida política, en la vida cultural y en la actividad humana en general. La profesionalización permitiría devolver al sistema educativo su vocación inicial - formar hombres cabales y ciudadanos responsables - y adquiriría un grado de eficacia coherente con los nuevos condicionantes del mercado laboral, a la vez contribuiría a redefinir el lugar ocupado por el trabajo con respecto al resto de la existencia, destinada fundamentalmente al tiempo libre o al tiempo privado que dedicamos a lo que elegimos hacer.

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