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¿Acoso: defensa o arma?

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En España no eran habituales las demandas por acoso, primero empezaron las de acoso sexual y desde hace un par de años, las de acoso moral. Me referiré a las demandas por acoso moral, que son conocidas por todos, pero son menos percibidas y publicitadas, quizás por no tener el morbo de las primeras, por ser menos evidentes o por haber estado siempre presentes en nuestra vida.

Primero, qué es el acoso moral, quién no se ha sentido acosado en algún momento de su vida…?

Desde nuestra más tierna infancia, por nuestros propios padres, hermanos y familiares, compañeros, profesores, etc. nos han dirigido frases tales como: “no haces nada bien”, “eres un desastre”, “qué se podía esperar de ti”, “no aprenderás nunca”, “no serás nada en la vida”, o “recibes lo que mereces”, “castigado por lo que has hecho o por lo que no has hecho”, etc, etc.

Y estas frases, acompañadas de gestos, actitudes agresivas, frases hirientes o de desprecio y de situaciones en que te apartan, aíslan, menosprecian o ignoran. Sin olvidar que nos castigan, quitan recompensas o privilegios y se los dan a otros (que nosotros pensamos que no se los merecen y más encima se burlan).

Luego nos hacemos mayores y el tratamiento continúa, esta vez toman el relevo la pareja, los amigos, especialmente los no amigos, los organismos fiscalizadores, la competencia, socios o accionistas, los compañeros de trabajo y los jefes. La lista es más larga y cada uno de los citados tiene sus modalidades para hacernos sentir el acoso, pero seguro que más de una vez nos hemos sentido acosados por ellos.

Todo ello nos genera tensión o estrés, dormimos mal, nos desconcentra de nuestras prioridades, nos hace perder interés y el sabor de las cosas buenas y agradables, nos deprime y distorsiona nuestra vida y visión de futuro. Algunos enferman y empiezan los tratamientos psicológicos y de medicación.

Posiblemente la comparación con los microbios, virus, bacterias y otros con los que convivimos habitualmente, que incluso llevamos dentro toda la vida, sea apropiada. No los notamos, no les prestamos atención o no nos dañan de manera que podamos percibirlo. De pronto, nos bajan las defensas y/o se vuelven más agresivos y sí que los sentimos, al igual que el daño que nos hacen.

Por tanto, esta situación de acoso se vive durante toda la vida y en todos los ambientes. Las horas que pasamos en el trabajo y fuera de él pensando en el trabajo, no son una excepción. Y los acosadores y acosados existen, en mayor o menor grado y se rotan en el rol dependiendo de las circunstancias y el nivel.

Está bien que se denuncien los casos de acoso grave y que los que lo promueven sean advertidos, amonestados o despedidos de sus puestos.

Está bien que las personas que realmente lo hayan sufrido sean compensadas por ello. Lo que está mal, es que algunos de los denunciantes sean unos caraduras, que utilicen esta vía para obtener beneficios económicos que agregan a las indemnizaciones por despido, consecuencia éste de su no contribución a la empresa o institución que le contrató.

Muchas empresas tienen una política paternalista, que les hace difícil despedir a personas que no contribuyen en sus puestos, conflictivas, con aptitudes y especialmente, actitudes, que estarían mejor fuera que dentro de la organización. Por consiguiente, intentan que estas personas cambien, se adapten, les buscan acomodo en otros puestos, en otras unidades, en otras empresas del grupo. A veces funciona, pero el riesgo que corren hoy en día las empresas, es que si la situación se alarga, se van acumulando pruebas o indicios de acoso que luego originan demandas y juicios que se pierden.

Y el problema no acaba ahí, se sienta un precedente para otras personas en la misma situación, en publicidad negativa, en el ambiente laboral.

Las empresas reaccionarán por lo tanto con menos contemplaciones con su personal, tanto para el acosador como para el empleado que no encaje, despido, y lo antes posible. Se acabaron las contemplaciones, que la buena fe y las buenas intenciones pueden resultar muy caras.

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