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Innovación: apuesta segura para Europa

Jaione Santos Miguel - 07/06/2006
Secciones:

Gestión del conocimiento

,

Management

La innovación ha saltado al ruedo empresarial en Europa para protagonizar el debate. Es evidente que la creatividad y la búsqueda de nuevas formas de hacer no son algo nuevo. El progreso ha dependido en gran medida de aquellas mentes inquietas y creativas que han buscado algo diferente. Decía Bernard Shaw que “el hombre razonable se adapta constantemente al mundo. El hombre no razonable persiste en querer adaptar el mundo a sí. Por consiguiente, todo progreso depende del hombre no razonable”. Aceptando que la innovación en el ámbito empresarial puede ser definida como la introducción de nuevas ideas, productos, servicios y prácticas, su presencia es indispensable para el progreso y la competitividad.

En los últimos años se ha hecho patente la necesidad que apuntaba el Consejo Europeo de Lisboa (2000): Europa debe convertirse en la economía basada en el conocimiento más dinámica y competitiva del mundo. Objetivo ambicioso que ha dado lugar a debates, grupos de trabajo, proyectos pilotos y demás acercamientos al tema en los años posteriores, y cuya consecución aparece directamente unida al desarrollo de la innovación.

La meta toma forma y se vincula a la innovación a través de la propuesta del Programa Marco para la Innovación y la Competitividad (PIC), publicado por la Comisión Europea en el 2005. Este programa será el entorno de trabajo que en el período 2007-2013 tratará de facilitar el análisis, desarrollo y generalización de la innovación en las organizaciones europeas, proporcionando un marco jurídico importante y apoyando diversos tipos de actuaciones con presupuesto comunitario.

"Se hace cada vez más evidente la necesidad de ser creativo en todas las esferas de la empresa y de implicar en el proceso a todos los grupos de interés"

El PIC reconoce que “la insuficiente innovación es uno de los principales motivos del decepcionante rendimiento del crecimiento en Europa” y especifica su apoyo al fomento de la cultura de la innovación, y el desarrollo y coordinación de la política de innovación en el ámbito europeo. Así, puesto el énfasis en la necesidad de apoyar financieramente su desarrollo, y a pesar de estar tradicionalmente más vinculada a los aspectos tecnológicos y logísticos, se hace cada vez más evidente la necesidad de ser creativo en todas las esferas de la empresa y de implicar en el proceso a todos los grupos de interés.

La innovación está comenzando a generar ríos de tinta en todas disciplinas de la gestión de las organizaciones. Son el mercado, la demanda y los desarrollos tecnológicos los que están impulsando la necesidad de innovar. Principalmente como una respuesta reactiva (muy ocasionalmente proactiva si pensamos en las PYMEs), las empresas buscan la innovación fuera de sus organizaciones. La propia evolución de las sociedades actuales, que modifica hábitos, intereses, prioridades… y que imprime un ritmo vertiginoso de cambio continuo, promueve la necesidad de inventar nuevas fórmulas para posicionarse en los nuevos escenarios.

En este contexto, las organizaciones deben adaptarse a las circunstancias y, en la medida de lo posible, innovar para mantenerse a flote. Hay ciertos aspectos de innovación que pueden ser “comprados”. Empezando por los tecnológicos, pasando por elementos vinculados a la imagen, la comunicación y el marketing, y terminando en los aspectos organizativos. Existe un amplio espectro de empresas cuya actividad principal es el desarrollo de este tipo de innovaciones para que sean incorporados en otras organizaciones. Véase consultorías de todo tipo, por poner un ejemplo obvio.

Sin embargo, rara vez este tipo de innovación “comprada” tiene un carácter proactivo. La mayor parte de las veces viene dada por la necesidad imperante de la empresa usuaria de mantener unos niveles de competitividad aceptables en unos entornos de mercado más y más difíciles. La adaptación continua, rápida y acertada a los mismos es la clave que va a permitir la permanencia de una empresa en el mercado.

La cuestión es: ¿puede una organización considerarse innovadora, y en consecuencia ser “sosteniblemente” competitiva, por la incorporación puntual de elementos novedosos? ¿O es necesaria una asunción de cultura de la innovación que promueva desde dentro capacidades y actitudes creativas?

Dicho en otras palabras, y bajo mi punto de vista, el objetivo que debe perseguir una organización que busca mantener unos niveles de competitividad, desarrollarse y crecer es descifrar cuáles son los elementos que favorecen la innovación, de qué depende esta, cómo se expresa, cuándo se desarrolla y de qué forma se puede gestionar con el fin de pasar de ser consumidora a generadora de innovación.

Y en este sentido, y dado que innovar es cambiar, y el cambio siempre implica un riesgo, las organizaciones se enfrentan a tres problemas básicos: en primer lugar, quiénes son los agentes internos que deben innovar; en segundo lugar, de que forma se gestiona el cambio vinculado a la innovación; y en tercer lugar, cómo cribamos y valoramos el nivel de riesgo implícito a la innovación.

La responsabilidad de la innovación, que hasta hace poco se trasladaba a los puestos directivos o a determinados cargos “creativos” en las empresas, va progresivamente repartiéndose entre todos los trabajadores. La generalización de una cultura de la innovación debería favorecer un clima de participación que permitiera recoger todas aquellas ideas nuevas (nuevas formas de entender, ver y hacer) que cada trabajador, en su nivel de responsabilidad, pudiera aportar. Esta cultura requerirá de la implementación de instrumentos, mecanismos y procedimientos específicos imprescindibles para operativizar las aportaciones.

Por otro lado, que el liderazgo de la innovación recae en la gerencia y puestos directivos es algo comúnmente aceptado. Como cualquier otro tipo de elemento de mejora, la innovación debe formar parte de una estrategia empresarial que identifique su valor, sus objetivos y sus medios si pretende convertirse en un factor clave. Y esta misma estrategia debe prever mecanismos para la gestión del cambio derivado de la innovación.

Los cambios siempre implican incertidumbre, y esta incertidumbre genera miedos que se convierten en obstáculos muchas veces difíciles de superar. Es muy habitual ver cómo, empresas que defienden y argumentan la necesidad de innovar para ser competitivas, impiden en la práctica la participación o la propuesta de nuevas ideas: “La empresa debe innovar, pero sin cambiar”. “La superación de esta contradicción es uno de primeros pasos que lleva a una efectiva gestión de la innovación”.

Finalmente, y después de que la “empresa ejemplar” haya sido capaz de identificar y motivar a los trabajadores para la aportación creativa y de establecer mecanismos para la puesta en práctica de la cultura de la innovación y la gestión del cambio, aún deberá establecer los mecanismos necesarios que permitirán valorar la innovación propuesta, los beneficios y los riesgos derivados de su implementación.

La adecuada valoración del riesgo, sus oportunidades y amenazas, es el elemento clave que permitirá una toma de decisiones acertada y la ventaja comparativa de la empresa. Esta valoración deberá tener en cuenta que cualquier decisión afectará siempre, de un modo u otro, al conjunto de la empresa, por lo que su gestión debe transformarse en un elemento integrado en la planificación, organización y evaluación de la actividad.

Asimismo, la contextualización del riesgo derivado de la implementación de una innovación es un aspecto importante, que permitirá detectar los elementos internos y externos que presumiblemente desaconsejan su asunción para, o bien definir un entorno de riesgo mínimo para un futuro, o desechar definitivamente la idea.

Tal como afirman los expertos europeos, los procesos de innovación son multidimensionales, involucrando a una gran variedad de agentes. Y es un hecho generalizado que una innovación exitosa rara vez es un elemento aislado en la realidad de la organización que lo incorpora, sino que tiene lugar y responde a actividades que se extienden en el tiempo.

Desde el año 2002, el European Innovation Scorecard (EIS) trata de medir cuáles son las dimensiones clave que afectan la innovación, y analiza una serie de indicadores que ofrecen una visión sobre los niveles de innovación en Europa y su evolución. Los resultados de los últimos cuatro años no son muy positivos: Suecia, Finlandia y Suiza son los líderes, quedando España relegada a los vagones de cola. Sin embargo, a pesar del compromiso creciente hacia este ámbito en los Estados Miembros se calcula que, de mantenerse las tendencias, la diferencia de la Europa-25 sobre Estados Unidos no será superada en los próximos 50 años.

Sobre esta base, las organizaciones, lideradas por sus directivos, deben comenzar a trabajar para hacer de Europa la economía más competitiva del mundo. Sin duda, los próximos años leeremos, hablaremos y discutiremos mucho sobre innovación. Nos queda un largo y apasionante camino que recorrer.

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