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Delegar: el dilema del quiero, pero no puedo

Diego Lo Destro - 05/05/2008
Secciones:

Psicología

,

Management

¿Cuantas veces escuchamos hablar de delegar? ¿Cuantas veces más hemos hecho el esfuerzo de delegar para luego descubrirnos recuperando el control sobre lo delegado?

En esta ocasión me propongo exponer una interpretación del fenómeno de la delegación. Antes de comenzar, planteo la pregunta: ¿de que hablamos cuando decimos ‘delegar’? Nótese que estoy utilizando la capacidad recursiva del lenguaje.

Analicemos esa palabra en distintos contextos.

Cuando alguien representa a un conjunto de trabajadores se le llama “delegado”.

¿Qué se delegó sobre él?

Se habla también de “delegación”, cuando un grupo de personas representa a una entidad frete a otra. Nuevamente ¿Qué se delega sobre la delegación?

En todos estos contextos se reivindica el concepto de representación. Un delegado es un representante y una delegación es un conjunto de representantes.

Muchos hablan de delegar responsabilidades. Pero, ¿es posible esto? Analicemos esta posibilidad: imaginemos que le encargamos una tarea a un empleado y esta persona, por múltiples razones, no realiza dicha tarea correctamente. ¿Quién debe responder por las falencias de dicho trabajo?, ¿el trabajador que la hizo o la persona que delego la tarea? Que sucedería si éste ultimo dijese algo como: “mire la responsabilidad no es mía, yo la delegue en mi empleado.” ¿No es verdad que suena infantil e irresponsable?

Como podemos notar la responsabilidad no es delegable porque es inherente al cargo o rol ocupado. ¿Entonces que estamos delegando? Volvamos a asociar delegar con representar.

Cuando un grupo de trabajadores elije a un delegado, le están otorgando a éste la representación de ellos sobre una determinada entidad. Por tanto, éste tiene el poder de tomar decisiones por el grupo, delante del gremio u otras personas. A su vez, a una delegación se le confiere el poder de hablar en el nombre del país al que representa. Cuando hablamos de poder no nos referimos a poder sobre otros, sino a la capacidad para obrar en representación.

Por ende, cuando delegamos, lo que hacemos es conferir poder a otros. Poder para actuar y para obrar. Ahora bien, ¿el hecho de que lo que no se delega es la responsabilidad implica que no es responsable de cómo realice el trabajo? Por supuesto que no. Ya que la responsabilidad no se delega, pero sí se asume. Cuando otorgo determinado poder a otros para actuar en mi representación frente a un determinado trabajo, éstos a su vez asumen una determinada responsabilidad al aceptar dicho poder.

Parte del poder que tenemos como directivos o líderes lo delegamos (repartimos) en ciertas personas que asumen determinadas responsabilidades. Ahora bien, cuando se asumen responsabilidades hay otro factor que estamos delegando: libertad.

Cuando decimos libertad, nos referimos a la capacidad de tomar decisiones propias con responsabilidad. En definitiva cuando hablamos de delegar nos referimos al poder que le conferimos a una determinada persona en representación nuestra de tomar decisiones con libertad.

Es esta libertad para actuar que otorgamos de forma implícita con el poder, lo que hace de la delegación un riesgo; ya que la libertad implica también libertad para equivocarse y aprender de los errores.

Facilitaré algunos parámetros básicos a tener en cuenta en el momento de delegar, considerando lo ya planteado:

1) Permitamos que la persona se exprese con relación a cómo realizaría el trabajo, sin criticar ni juzgar.

2) Dejemos que se equivoque. Veamos el error como una posibilidad de aprendizaje mutuo. Quizás preguntándole ¿Qué podrías haber hecho distinto?, ¿cómo lo harías la próxima vez?, ¿en qué te basaste para tomar esa decisión?, ¿cómo podrías cambiar el curso de los acontecimientos?

3) Acordemos un momento para revisar el trabajo realizado. Por ejemplo: “Qué te parece si el miércoles nos reunimos para analizar cómo avanza la tarea y a qué dificultades te has enfrentado”.

4) Dejar bien claro cual es el objetivo final, la meta a conseguir.

5) Otorgar un reconocimiento efectivo si se alcanza el objetivo final, en caso contrario volver al punto 2.

Delegar, es otorgar poder, permitir que las personas tomen decisiones, que asuman responsabilidades y que utilicen su libertad de una forma productiva.

Al delegar de esta manera, se propicia el flujo de información, la creatividad, los actos concientes y se incentiva a la persona, motivándola a lograr objetivos que incrementen su autoestima.

Cuando una persona tiene autoestima siente confianza en sí misma, confianza en que su trabajo será valorado y reconocido, y sentirá también seguridad en sus capacidades; una situación que incrementará su confiabilidad, y que a su vez, le convertirá en una persona confiable, y nos dará la oportunidad de otorgarle más poder… más libertad…formando así un circulo virtuoso ‘ad infinitud’.

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