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Otras metas, otros caminos

Rafael Cera - 06/03/2009
Secciones:

Psicología

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Outplacement

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Laboral

Dicen que un pesimista es un optimista bien informado, incierto. Un pesimista es una persona que solo dirige la mirada hacia la parte negativa de las situaciones. Sin embargo un optimista, dirige su atención hacia aspectos relevantes de oportunidad, que una situación refleja, sopesándolo con los matices peligrosos que ésta presenta y, por tanto, cree que puede salir bien parado de la misma.

Con las empresas ocurre exactamente lo mismo, poseen comportamientos humanos, por que son éstos quien las dirige y las lanza a los mercados a competir. Sin embargo, está demostrado que ante cualquier revés, una actitud optimista esta mejor predispuesta y tardara menos en superar esa situación negativa, que una actitud pesimista.

Dicho esto, no digo nada nuevo si les comento que pasamos por la peor crisis de muchos años, teniendo presente que aún no conocemos la profundidad y dimensión de la misma. Estamos padeciendo los primeros impactos de su furia, paro, falta de financiación, desconcierto, miedo, recelo, sospechas, vemos morosos por todos lados, bajada de ventas, disminución de inversiones, y múltiples ERE’s de empresas que se están viendo afectadas, etc.

Sin embargo, el momento es duro entre otras cosas porque la definición del problema no acaba de describirse con absoluta nitidez, no conocemos las causas reales de por qué estamos aquí, de igual manera que hace unos años, tampoco nos preguntamos, desde el punto de vista empresarial, por qué nos iba tan bien. Ambas circunstancias afectan muy negativamente en la proyección y dirección de las organizaciones. Estamos seguros de los síntomas que presenta la crisis, pero las causas, las verdaderas cuestiones de interés para saber cómo llegamos hasta aquí; no las sabemos o no queremos reconocerlas.

Todos fijan las fuentes para determinar el epicentro de la crisis, en las ‘subprime’, malas inversiones, en el dinero excesivamente barato, en el apalancamiento financiero, las acciones arriesgadas de negocios, etc. Pero me ronda una cuestión continuamente, ¿los problemas de dinero se pueden solucionar con dinero, no? y hemos ganado mucho dinero, ¿entonces?, ¿cómo pueden caer verdaderos imperios financieros absolutamente solventes, de trayectorias históricas, empresas que son las dueñas del mundo? No, no puede ser tan fácil, la resolución. Son las medidas que se están adoptando, aportar dinero, veremos la eficacia de las mismas, teniendo presente un futuro no muy lejano.

Mi visión del problema es que estamos ante una de las primeras crisis de causas estructurales y no de carácter únicamente cuantitativo. Y es que plantear un modelo social basado y dependiente de algo tan volátil como el dinero, -¡ojo! teniendo claro que sin dinero no hacemos nada-, pero reconociendo también que no se gestiona el beneficio del modelo social y la aportación a la comunidad, sino del beneficio particular, se obvia lo realmente importante: lo cualitativo. Si me permiten la metáfora, es como pensar que cuanto mas gasolina tengamos más lejos nos llevara el coche, sin contemplar la posibilidad de que la maquina puede tener la transmisión rota.

El modelo actual busca la generación de dinero y se olvida de generar riqueza social real. Las empresas son agentes imprescindibles de la creación de riqueza social y los gobiernos, garantes de que esa creación se realice de manera éticamente responsable, así como que su distribución beneficie a la población en igualdad de oportunidades. Por tanto, debemos apoyar a las empresas desde todos los aspectos, exigiéndoles que realicen su cometido, y que su cometido no sólo sea producir dinero, sino también bienestar social y mantenerlo, responsabilizándolas de aspectos importantes en la estructuración social. Y es que en la práctica es el bienestar social el que retroalimenta los buenos resultados empresariales y, por tanto, ahí debe hacerse especial hincapié para que este no disminuya. Para este cometido necesitaremos de más tiempo, alargaremos los plazos para ganar dinero, pero el resultado será más perdurable en el tiempo.

Esto es lo que se les debe pedir como contrapartida a las empresas por las ayudas ofrecidas, por el dinero publico. No hablo de intervencionismo, tal y como se describe históricamente, sino de libre mercado con metas diferentes a las instauradas.

En la valoración de una empresa en su balance, se debería incluir como activo real la Responsabilidad Social Corporativa, que desarrolle ésta, así mismo como que esto sea un valor añadido que suponga identificarla como una organización de interés social para acceso a financiación publica. Es una buena época para replantear nuevos modelos de gestión para todo lo que no funciona, sé que hay empresarios que no ven salida a la situación actual, pero quiero transmitir optimismo porque creo que el ser humano en circunstancias definitivas siempre genera soluciones.

Las empresas tendrán que ajustarse a las condiciones de mercado, aplazar inversiones previstas, reformular sus modelos de negocio, atraer talento a sus organizaciones, pero sobre todo, tener claro que rol quiere desempeñar en la comunidad y nuevamente será RRHH el factor estratégico que propicie situarnos en una situación de bienestar. Con todo ello, también recomiendo a todo el sector empresarial, poseer una actitud optimista a la vez que no irresponsable, que le permita a su organización tener una oportunidad.

Siempre he pensado que ante la falta de recursos, la imaginación, el compromiso y la profesionalidad pueden ser buenos antídotos, para superar malas etapas. Estos antídotos surgen desde el optimismo, por ello, debe existir una predisposición a ver la parte de oportunidad que exhiben las situaciones. Desde el pesimismo solo brotan comportamientos destructivos, actitudes perjudiciales, pensamientos inapropiados y sobre todo, indiferencia.

Todos debemos trabajar juntos para superar esta etapa, empresas, gobiernos, agentes sociales, población, etc., pero también es obligatorio definir qué queremos conseguir, y para mí la respuesta es clara, alcanzar objetivos sociales estables que beneficien a todos los segmentos de población, el dinero igual que viene se puede ir. La solvencia estructural no. Como se dice en mi tierra, “cada vez que llueve, por mucha agua que caiga, siempre escampa”, salvo que en esta situación, la solución debemos propiciarla desde nuestra reflexión, capacidad y trabajo. Ahora es un buen momento para empezar a solucionar esto, eso sí por otros caminos que nos aseguren menos sobresaltos.

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