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30 Noviembre 2001
Familia, trabajo y salud
Salud mental y prevención de riesgo cerebral en altos
ejecutivos
por Ramón Cacabelos,
Director General del Centro de Investigación Biomédica EuroEspes.
La estabilidad emocional y la salud mental de los altos
ejecutivos representa una clave de éxito y eficacia en la gestión y obligaciones
directivas de este colectivo de alto riesgo. Igual que el sistema nervioso
regula, controla y supervisa la actividad biológica sistémica de todo organismo
vivo, la integridad operativa del cerebro de las empresas se erige en un
elemento esencial para el buen funcionamiento de la organización. Los
principales elementos que determinan una buena función cerebral son: (a)
factores heredobiológicos, (b) educación, (c) praxis, (d) nutrición, (e)
equilibrio emocional, y (e) ausencia de enfermedades discapacitantes. Los altos
ejecutivos suelen ser personas dotadas de grandes facultades profesionales y
humanas que se ven amenazadas por la presión de los eventos cotidianos que
rodean a la actividad empresarial: stress, toma de decisiones de riesgo,
desequilibrio nutricional, conflictos laborales, rotura de ritmos circadianos
asociadas a viajes y vuelos transoceánicos que inducen alteraciones hormonales y
trastornos del sueño, problemas familiares secundarios al secuestro de tiempo y
atenciones que requiere el entorno familiar, etc. Esta circunstancia de presión
psicológica permanente convierte al ejecutivo en una persona de alto riesgo para
sufrir trastornos cardiovasculares, hipertensión, accidentes cerebrales,
depresión, ansiedad, insomnio, gastroenteropatías, déficits inmunitarios y
enfermedades psicosomáticas.
Enfermedades Prevalentes y Medicina Predictiva
Los principales problemas de salud en países desarrollados son las
cardiopatías, el cáncer, los accidentes cerebrovasculares y la demencia senil.
Muchos de estos trastornos, altamente discapacitantes y costosos para la
empresa, se asocian a factores genéticos y ambientales potencialmente
previsibles y susceptibles de intervención preventiva. Gracias a los avances
experimentados en el conocimiento del genoma humano durante la última década,
hoy es posible la identificación de riesgos muchos años antes de que se
manifiesten los primeros síntomas de una enfermedad. La mayoría de las
enfermedades de la vida adulta (diabetes, hipertensión, hiperlipemias,
osteoporosis, cardiopatías, cáncer, demencia, ictus, etc) se engloban dentro del
concepto de enfermedades poligénicas o multifactoriales, caracterizadas por
defectos genéticos múltiples en diferentes loci del genoma humano. Cuantos más
genes estén afectados, antes se manifiesta la enfermedad y peor responde a
tratamientos convencionales. Estas enfermedades de susceptibilidad o
predisposición genética se diferencian de las enfermedades mendelianas o
mutacionales en que pueden identificarse precozmente y evitar su aparición
mediante programas preventivos. Esta es la finalidad de la medicina predictiva:
la identificación precoz de riesgos para implementar estrategias de prevención
que nos permitan bloquear la expresión de enfermedades. Actualmente existen más
de 1500 enfermedades de base genética conocida, de las cuales sólo unas 200
pertenecen a la categoría de enfermedades mendelianas clásicas; éstas suelen
manifestarse en edades tempranas de la vida, su prevención es más compleja y
muchas de ellas carecen de tratamiento curativo.
Programas Preventivos
Tanto por razones económicas, debido al alto coste que supone para las
empresas la pérdida de horas de trabajo del personal altamente cualificado o la
discapacidad temporal de sus directivos, como por razones de salud y
optimización de los recursos humanos, las empresas excelentes deben contemplar
la prevención de riesgos de enfermedades crónicas y discapacitantes del sistema
nervioso como un objetivo fundamental en sus programas operativos. El lograr
retrasar la aparición de una enfermedad crónica en sólo un año significa reducir
su prevalencia nacional en un 30% y disminuir costes globales (directos+indirectos)
en un 40-60%. Los planes de prevención de las enfermedades más prevalentes se
establecen de acuerdo al siguiente protocolo: (1) identificación de riesgos: (a)
genéticos, (b) ambientales; (2) intervención preventiva: (a) farmacológica, (b)
no farmacológica; y (3) seguimiento: (a) biológico, (b) funcional.
Desarrollo Científico
La utilización coherente del progreso científico al servicio de los
colectivos de alto riesgo supondrá en un futuro inmediato una importante ayuda a
las empresas para optimizar rendimientos y reducir costes relacionados con
problemas de salud. El screening genético se convertirá en un instrumento
rutinario en la identificación de polimorfismos de riesgo; el desarrollo de
macrochips de ADN permitirá analizar miles de genes simultáneamente; la
farmacogenómica permitirá diseñar nuevos medicamentos adaptados a las
necesidades individuales, con lo cual se incrementará la eficacia preventiva y
terapéutica de los fármacos, se eliminarán efectos adversos e indeseables y se
reducirán costes innecesarios. El buen uso de la medicina predictiva, dentro de
un estricto código ético que respete la intimidad personal y no discrimine por
razones de salud, debiera permitir a las empresas racionalizar sus costes
sanitarios y mejorar la calidad de vida de sus cuadros directivos.
Por su parte, el profesor de economía de la Universidad de
Georgetown, Paul D. McNelis ha centrado su charla en la globalización del mundo
laboral y la ‘conectividad’ provocada por la tecnología internet. Estos avances
incrementan la presión ya existente sobre los directivos y ejecutivos de todo el
mundo, de manera que se trabaja cada vez más duro, durante más horas y, al mismo
tiempo, disminuye la estabilidad laboral. Todo esto, según McNelis, “tiene
enormes efectos en la moral, la vida familiar y la salud mental”, y en última
instancia, también afecta a la creatividad del trabajador en su lugar de
trabajo.
Para el profesor: “La manera de conciliar familia, trabajo y
salud pasa porque las compañías entiendan las sinergias básicas entre los
compromisos personales y los profesionales”. “Los trabajadores no son simples
objetos en un proceso de producción”, asegura McNelis. El mejor producto que una
empresa de éxito puede ofrecer a la sociedad está condicionado por la
creatividad de su personal, de manera que “hay que concienciar a las empresas de
esta necesaria sinergia entre trabajo y hogar”.
Si el mundo laboral es el campo donde las personas
contribuyen a la sociedad profesionalmente, formando una comunidad de ‘co-trabajadores’,
la familia sería el espacio donde se contribuye al bienestar de la pareja y los
hijos, preparándolos para entrar a formar parte de la sociedad civil. La salud
física y mental de cada individuo son condiciones indispensables para mantener
en equilibrio estos ámbitos en la sociedad.
30 Noviembre 2001
SESIONES DE TRABAJO
PARALELAS
Liderazgo, ética y competencia del directivo con valores
“La ética es viable y rentable”, asegura Pilar Gómez-Acebo
que ha moderado esta mesa de trabajo, de manera que es un valor positivo para la
empresa y por tanto repercutirá favorablemente en su competitividad. La creación
de códigos éticos para la empresa es una idea que ya se plantean muchos
expertos, sin embargo, según la presidenta de Fedepe, no sería suficiente con
establecer una normativa, ya que sería necesario que la Administración incidiera
mucho en sus beneficios para que la mayoría de las empresas lo llegaran a
implantar en la práctica. También habría que destinar recursos al seguimiento de
este reglamento para evitar que perdiera credibilidad y confianza entre
profesionales y consumidores.
Los principales pasos que debería seguir una compañía a la
hora de implantar un código ético serían “fijar unos mínimos de conducta ética
que no se pueden saltar por ser punibles, y unos máximos de conducta premiable”,
explicó Gómez-Acebo. Es decir, establecer castigos y compensaciones para quienes
lo incumplan o lo sigan. Además sería importante vigilar la satisfacción interna
que produce en los empleados, que son al fin, el motor de toda organización
empresarial.
Dirección por valores: Soluciones a obstáculos frecuentes
por Javier Fernández Aguado, profesor de política y dirección de Recursos
Humanos en la Universidad San Pablo-CEU
Resumen
Personas y organizaciones emplean, en sus decisiones y proyectos, paradigmas
explícitos o implícitos. El modelo ‘persona’ aplicado a las organizaciones, sin
ser exclusivo, aporta sugerentes vías de trabajo. Ya no es suficiente el
Knowledge Management, también es preciso tener en cuenta el Will
Management y el Feelings Management. En todos ellos, la presencia de
Valores es ineludible. El gran desafío es elegir los mejores en cada situación,
y aprender a proponerlos de la manera adecuada.
Introducción
Personas y organizaciones se mueven en buena medida en
función de paradigmas. En ocasiones, se explicitan, pero la mayor parte de las
veces quedan implícitos. El modelo propuesto ha de servir de desafío, de reto,
de expectativa… En función del paradigma aceptado, y también de algún modo como
consecuencia del mismo, personas y organizaciones adoptan decisiones para sus
comportamientos actuales, y diseñan sus iniciativas para el futuro.
Elegir bien el modelo no es sencillo, pero sí muy importante.
Acertar, sitúa a la persona en mejores condiciones de superar esos ‘techos de
cristal’ que tantas veces nos ponemos. Optar por los valores adecuados, y
transformarlos posteriormente en hábitos, permite llegar a objetivos que
previamente parecían inalcanzables. Con acierto, explicó Aristóteles que “en
nada humano se da tanta estabilidad como en las actividades virtuosas, que
llegan a ser incluso más firmes que las ciencias. Y las actividades virtuosas
más valiosas son más seguras, porque los virtuosos viven continuamente de
acuerdo con ellas: por ese motivo, no las olvidamos”.
Ocho modelos
Morgan (1986) propuso ocho imágenes para entender una
organización, y más específicamente las entidades mercantiles. A saber, y
modificando en parte su propuesta:
1.- Como máquina: refleja los aspectos más
estructurales y mecánicos de jerarquía, autoridad, disciplina, estabilidad,
etc.; es el propio de un contexto rutinario que tiende a deshumanizar el
trabajo;
2.- Como cerebro: la inteligencia se reparte a lo
largo de la organización, cada departamento aprende de los demás y es capaz de
asumir la existencia de la incertidumbre. Se corre el riesgo de caer en un
‘racionalismo organizacional’;
3.- Como cultura, cuando se considera la corporativa
de la empresa, las subculturas de departamentos y grupos, y la social en la que
se enmarca. Se manifiesta en símbolos, ceremonias, y en una misma forma de
interpretar situaciones y acontecimientos. Si no es dinámicamente actualizada,
inclina a la aceptación incontestada de rutinas;
4.- Como sistema político: interacción de
múltiples intereses, bien de modo autocrático, bien democrático. Se huye de la
meritocracia y se promueven diversos tipos de amiguismo y/o de nepotismo.
Acaban siendo promocionados quienes mejor manejan las relaciones interpersonales
(aunque sea por mera hipocresía) y no los valiosos, que son más bien apartados
de los centros de poder, precisamente para que no transtornen el statu quo;
5.- Como prisión física, al dar las
organizaciones propósito y estructura a buena parte de la existencia de sus
miembros, y verse éstos controlados por el poder superior. Este modelo contenta
a los más conservadores, que están dispuestos a inmolar su iniciativa a cambio
de seguridad;
6.- Como sistema en flujo y en transformación: en su
continuo cambio, la organización procura sobrevivir en interdependencia con las
fuerzas del entorno;
7.- Como instrumento de dominio: unos pocos disponen
del servicio de muchos durante años, particularmente cuando la estructura es
radicalmente jerárquica y el ambiente participativo escaso. Tiene muchas
semejanzas con el modelo propuesto en quinto lugar.
Por último, hace referencia Morgan al modelo de:
8.- Organismo vivo, en el que destaca la
adaptabilidad, el carácter abierto, flexible, competitivo… Como todo organismo,
tras nacer, desarrollarse y, en ocasiones, reproducirse, acaba por morir.
Cada una de esas metáforas cumple función de guía para
valorar los diversos aspectos de cualquier organización, iluminando las posibles
causas de deficiencias estructurales.
El paradigma antropomórfico
Me detengo ahora en el último modelo propuesto, añadiendo una
nueva precisión a la propuesta de Morgan: ese organismo vivo no ha de ser
cualquiera (una planta, un animal…), sino que puede -y debería - ser ‘una
persona’. Una organización, en mi opinión, admite ser considerada como un ser
vivo inteligente (necesitado de gestionar su conocimiento) y ansioso de llegar a
madurez mediante el desarrollo de una voluntad adecuada (Will Management),
en el que es preciso atender, no olvidando ni manipulándolos torticeramente, a
sus sentimientos (Feelings Management).
Una precisión importante: como es comúnmente aceptado, la
persona es un fin en sí misma (persona est affirmanda -affirmabilis- propter
seipsam, resumen los pensadores personalistas). Por decirlo con la célebre
expresión kantiana: “obra de tal modo que trates a la humanidad, sea en tu
propia persona o en la persona de otro, siempre como un fin, nunca sólo como un
medio” (Kant, 1990, p. 429). También escribió el autor alemán: “la persona
existe como un fin en sí misma y no simplemente como un medio para ser usado por
esta o aquella voluntad” (p. 428).
Las organizaciones, por el contrario, tienen carácter
mediático, instrumental. Por tanto, nunca debe ser puesta la pertenencia a una
organización o las consecuciones de ésta como fin de una vida. Implantar esa
postura finalista conduciría -y lo ha hecho en no pocas ocasiones a lo largo de
la historia- a la aprobación de ‘sacrificios humanos’ (no sólo físicos, sino
también, con más frecuencia en nuestros días, de carácter psicológico y
psíquico). El carácter medial, no conclusivo, no debe implicar en ningún caso
que:
1.- se viva -por utilizar un simil que es aplicable a
cualquier otro tipo de organización- como si las iniciales S.A. significasen
Sin Alma, como muchos empresarios inapropiadamente asumen; y que
2.- su fin pueda ser cualquiera, y concretamente, por lo que
a entidades mercantiles y financieras se refiere, el enriquecimiento
indiscriminado de sus propietarios o directivos.
Me refiero ahora a dos graves problemas que afectan a las
organizaciones, y que son trasposición de obstáculos que también han de superar
las personas cuando la asunción de valores no es correcta. Son los siguientes:
1.- Los hábitos asumidos pueden ser valiosos, pero también
pueden no serlo. Uno de los modos en que se manifiestan los hábitos no valiosos
es en forma de rutinas. Éstas dificultan el avance hacia delante, marcando
inercias organizacionales que paralizan el avance de los proyectos.
Asumir que lo hecho hasta el momento es lo que ha de seguir
siendo realizado de forma sistemática, es un modo de pensamiento anclado en el
pasado. Quienes lo aceptan, acaban saliendo del mercado o, como he señalado en
otras ocasiones, quedan convertidos en meras instituciones residuales.
La fuerza de la inercia es muy grande. Más, cuando en la
organización se implantan sistemas de formación interna en los que los nuevos
candidatos han de claudicar ante formas institucionalizadas.
Sólo pasado un amplio periodo de tiempo, unos pocos se
atreven a discrepar de aquellas imposiciones artificiales y/o artificiosas. Si
la organización reacciona expulsándolos del sistema, lo más frecuente es que
quienes quedan dentro de él, y se atreven a contemplar la realidad como
quienes fueron despedidos, guarden sus verdades para quienes -como ellos- se han
permitido el lujo de pensar ‘por libre’, sin limitarse al aherrojamiento de una
formación rutinariamente conservadora y obsoleta.
2.- Junto a las inercias institucionales -¡tan difíciles de
transformar!-, se extienden con frecuencia las ‘mentiras organizacionales’. Es
fácil falsificar, por ejemplo, los sucesos de la historia de la organización. Es
relativamente sencillo crear mitos que nunca existieron. Habitualmente lo hacen
los miembros de la corte, con el consentimiento de los máximos
directivos, que suelen ser objeto de un desproporcionado ensalzamiento público
(a la vez que en privado, con frecuencia, se les descalifica).
Las mentiras institucionales corren el grave riesgo de
irse haciendo connaturales con los miembros de la organización. Aunque
inicialmente las falsedades fueran calificadas como tales, o al menos eran
implícitamente denunciadas, con el paso del tiempo acaban formando parte
del acervo institucional. Quien se atreve a denunciar aquello, es raudamente
reprendido, porque el mejor modo de defensa en un sistema débil, es acallar las
voces de quienes discrepan. Se constituyen así estructuras pasivamente
mentirosas, en las que la gran dañada es la verdad.
Definir qué sea exactamente la verdad es una meta ardua y que
en buena medida le está vedada al ser humano. Pero de esa complicación no
debería concluirse que preferible es aceptar sin más el statu quo,
prescindiendo de que éste pudiese ser mejorado, porque, en no pocas ocasiones,
está dañándose a miembros de la organización.
Uno de los imponentes riesgos de toda institución es ‘hacer
cuerpo’, considerando como enemigo a todo aquel que no se pliega a las
normativas y reglamentos, por carentes de sentido que éstos sean.
Hacer desagradable lo agradable (o lo necesario)
En función de los Valores (y los consiguientes hábitos) que
desarrolle un directivo, el trabajo puede ser convertido en una actividad grata
o en una realidad odiosa. Lo que he venido a denominar Dirección Por
Amenazas-DPA, que es anterior a la DPV, contemporánea suya, y que la
sobrevivirá, es ejercida fundamentalmente por personas mediocres, que no
encuentran otro modo de mantener su ridículo poder que no sea el dañar a quienes
con ellos colaboran o trabajan. Se sienten grandes por el innoble sistema de
oprimir a quienes tuvieron la desgracia de caer en su área de influencia.
Los miembros de la Alta Dirección no deberían inhibirse ante
la falta de habilidades de sus mandos intermedios. La responsabilidad del daño
que se causa en los trabajadores es imputable a ellos, porque, quien pudiendo,
no remueve a quien daña, se hace, directa o indirectamente, colaborador suyo.
En ocasiones, los miembros de la Alta Dirección acuden al
expediente de emplear ‘tontos útiles’ que no permitan que las personas válidas
de la organización se desarrollen. Si alguien les hace saber el daño que se está
cometiendo, se refugian en que el orden de la organización no debe ser
trastocado.
Cuando así actúan, se descalifican. Obviamente han de ser
prudentes para no remover de forma sistemática el poder de los mandos
intermedios, pero cuando se multiplican las denuncias de falta de competencia
sobre algunas personas, deberían tomar cartas en el asunto. Refugiarse en las
‘grandes’ alturas no les exime, insisto, de sus grandísimas responsabilidades.
Más contradictorio resulta que en organizaciones en las que
se viven técnicas claramente perjudiciales como las aquí mencionadas, algunos
altos ejecutivos proclamen la bondad de la Dirección Por Valores…
Frente a esto, la asunción
de Habilidades Directivas, que respondan a valores ‘valiosos’, valga la
redundancia, hará posible que, con terminología Aristotélica, el hombre prudente
y bueno soporte con dignidad las alternancias de la fortuna y se comporte
siempre del mejor modo posible, en cualquier circunstancia, “como un buen
general emplea su ejército de la manera más eficaz para la guerra, un buen
zapatero fabrica el mejor calzado con el cuero que se le proporciona, y de igual
modo cualquier artesano. El hombre virtuoso no será, por tanto, nunca
desgraciado (…). No se volverá inconstante ni tornadizo, pues no se alejará con
facilidad de la felicidad por muchas que sean las contradicciones que tenga que
superar”.
La búsqueda de los valores
En el proceso de definición de valores para una organización
es importante huir del riesgo del maniqueísmo que -con terminología más actual-
podría definirse como la pérfida hermenéutica de los hábitos. Me explicaré.
Una de las modalidades en que hoy se plantea este modo tan
parcial de entender el mundo es la simplificación de aceptar que quien aparenta
aceptar determinados principios de la organización es profundamente valioso, y
quien de algún modo discrepa es un díscolo, en quien no puede confiarse.
Esa actitud simplona contiene dentro de sí diversas
limitaciones. Entre otras:
1.- Olvida la complejidad paradójica de la persona, que, en
sus actuaciones, no es prácticamente nunca lineal. Incluso el más comprometido
con un proyecto, podrá no participar plenamente de él en algún aspecto, al menos
durante un periodo.
2.- La definición de valores no puede ser estática. El mundo
no se detuvo cuando fueron definidos, por relevantes que fueran. Es más, el
verdadero valor ha de asumir la dinamicidad como parte esencial de su
estructura. Directivos hay que se parapetan tras el Código de Buenas Costumbres,
o documentos semejantes, para establecer un visceral control de sus
subordinados.
3.- Con frecuencia, los directivos mediocres imponen a los
demás medidas de control, o sistemas de retribución, u obligaciones de
planificación, que ellos mismos no asumen ni en sus aspectos más nímios. Olvidan
que los verdaderos valores son los que ellos han convertido en hábitos en sus
vidas, y que luego, casi como por ósmosis, se trasladan al resto de la
organización.
Es evidente que moverse en el ámbito de la incertidumbre no
es grato para los más rígidos, pero la existencia humana y la de las
organizaciones no puede darse nunca por plenamente asumida. El profundo desafío
que subyace a toda Dirección Por Valores es la gozosa aceptación de la dignidad
de cada persona de la organización, porque, como ha señalado Taylor (p. 84) “la
negación del reconocimiento puede constituir una forma de opresión”.
Al igual que las personas, las organizaciones tienen carácter
biográfico. Anclarse en el pasado es condenarse a la artrosis. No significa esto
que el cambio por el cambio sea deseable, pero sí que sin asumir las
transformaciones del entorno, las organizaciones quedan fuera del mercado,
por exceso de empeño en parecerse demasiado a sí mismas, en vez de
aprender de las otras. Un proceso de benchmarking es imprescindible.
Siguiendo de nuevo a
Aristóteles, me refiero -para concluir- a dos de los diversos Valores que sería
radicalmente importante recuperar. Decía así el pensador griego: “en el trato,
la convivencia, y el intercambio de palabras y acciones, unos parecen
obsequiosos y alaban todo para agradar; a nada se oponen, y consideran su deber
no provocar molestia a los demás. Otros, por el contrario, se enfrentan a todo y
no les preocupa importunar; se les califica como descontentadizos y polemistas.
Es evidente que estas disposiciones son censurables y que es merecedora de
alabanza la intermedia”.
En un mundo -permítaseme la ironía- en el que algunos
directivos parecen haber asumido que es más importante decidir muchos temas
antes que acertar en cada uno de ellos, la afabilidad se ha perdido,
principalmente por dos motivos:
1.- Porque sólo quien tiene dominio sobre su tiempo es capaz
de saber perderlo gustosamente en ser amable. El egoísta de cronología no está
en disposición de entregarse a los demás.
2.- El trato afable con los otros reclama control de uno
mismo. Sólo siembra sonrisas quien es dueño de sí mismo. Ser grato en el trato
reclama un poderoso y continuado esfuerzo.
El buen humor es otro
elemento esencial de una vida cumplida. Como escribí en Mil Consejos para un
Directivo, la risoterapia ahorra muchas visitas al psiquiatra. Afirmaba
Aristóteles que es preciso distraerse con bromas. Puede -y debe- darse, decía,
“una conversación sosegada e ingeniosa, en la que uno comenta lo que se debe y
en el modo adecuado, y los demás igual. Se producirán diferencias en función de
entre quiénes se charla y a quiénes se escucha. Aquí, como es lógico, puede
darse exceso y defecto respecto del término medio. Quienes se exceden en lo que
hace reír son vulgares bufones, porque pretenden provocar la risa a cualquier
precio, y buscan más la risotada que decir cosas con gracia o no molestar a
quien es objeto de sus chanzas. Por otro lado, quienes nunca comentan nada que
haga reír, y además ven con malos ojos que otros lo intenten, se vuelven
intratables y ásperos”.
Mencionar la recuperación de la afabilidad y del buen humor
no es casual. En un mundo mercantilizado como el nuestro, restablecer el
verdadero sentido del ocio -y de la existencia en general- contribuiría a una
sana mejora de la calidad de vida, y también, antes o después, de las Cuentas de
Explotación, porque quien trabaja con gusto, acaba rindiendo más que quien se
siente un elemento indiferenciado de un sistema anónimo de producción.
Conclusiones
Antes o después, en todas las organizaciones se plantean las
situaciones que aquí hemos esbozado. No deben los directivos olvidar que
mantener ágil una organización reclama una atención constante, un esfuerzo
denodado por motivar a los diversos componentes del sistema. Desatender a uno,
acabará produciendo malestar y desánimo en el resto.
Entre los múltiples medios precisos para establecer y
mantener eficaces sistemas de Dirección Por Valores se encuentra la creación de
foros en los que sea posible el denominado diálogo libre de dominio. Únicamente
cuando se permite que la gente se exprese con total sinceridad y espontaneidad,
podrán salir a relucir las verdades que -positivas o negativas- habrá que
gestionar para lograr los mejores resultados.
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